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DOI: https://doi.org/10.18002/dalcyl/v0i24

BERNARDINO DE SAHAGÚN

Nombre u obra homónima: Bernardino de Sahagún

Lugar de nacimiento: Sahagún de Campos (León)

Otros nombres: Fray Bernardino de Sahagún

Geografia vital: Sahagún de Campos (León); Salamanca; México

Año de nacimiento: 1499

Año de fallecimiento: 1590

Lengua de escritura: español - latín - náhuatl -

Género literario: a:3:{i:0;s:13:"Antropología";i:1;s:8:"Historia";i:2;s:20:"Literatura religiosa";}

Movimiento literario: a:1:{i:0;s:12:"Renacimiento";}

Relaciones literarias y personales: Gerónimo de Mendieta; Miguel Navarro; Rodrigo de Sequera; Diego de Mendoza

Temática: a:4:{i:0;s:14:"Antropológica";i:1;s:10:"Devocional";i:2;s:18:"Doctrina religiosa";i:3;s:14:"Moral y ética";}

Investigadores responsables: González Boixo, José Carlos -

Por José Carlos González Boixo

Biografía

Retrato anónimo de Bernardino de Sahagún

Retrato anónimo de Bernardino de Sahagún, tomado de filosofiamexicana.org

Podemos deducir su fecha de nacimiento del propio testimonio de fray Bernardino, quien en su Historia general de las cosas de Nueva España afirma que en 1570 «era mayor de setenta años» (Ballesteros Gaibrois y Vázquez Chamorro, 1990: 19), por lo que podría darse la fecha de 1499 como la más probable. Tal año queda ratificado, además, como deducción a partir de la fecha de su muerte, dato que conocemos de la mención que fray Gerónimo de Mendieta, coetáneo de fray Bernardino, incluye en su Historia Eclesiástica Indiana, donde señala que murió en 1590, «acabó sus días en venerable vejez, de edad de más de noventa años». En cuanto al lugar de nacimiento, es también fray Bernardino el que lo señala, al declarar en el inicio de su Historia que era natural de la villa de Sahagún, en Campos. También Mendieta ratifica que la población leonesa de Sahagún de Campos era su lugar de nacimiento. Lo cierto es que no poseemos ningún otro dato biográfico previo a su ingreso en la Universidad de Salamanca. Se ha impuesto, sin embargo, y sin ningún criterio académico, el apellido Ribeira o, en menor medida, Ribera, de manera que es habitual encontrar en las búsquedas biográficas la referencia Bernardino de Ribeira, algo que debe desecharse de manera contundente. Ballesteros Gaibrois y Vázquez Chamorro (1990), con algún enojo, lo califican de acriticismo, ya que la fuente que se suele invocar, el gran sahagunista Alfredo Chavero, si bien así lo indica en su estudio de 1877, toma el dato de Julio César Beltrami, quien lo proporciona en su obra Le Mexique (París, 1830, t. II, p. 169), sin justificar la fuente en que se basa. Esta ausencia documental ya había sido señalada también por D’Olwer (1990), razón suficiente para ignorar dicho apellido que, por otra parte, nada aporta, ya que carecemos de cualquier noticia sobre esa familia Ribeira. Mejor será, pues, referirnos siempre con el apelativo «de Sahagún», tal como él mismo escogió al tomar el hábito franciscano.

Nada sabemos tampoco de la que podríamos considerar su segunda etapa, la de estudiante en Salamanca, noticia que nos llega como fuente inicial a través del padre Mendieta, ya que fray Bernardino nada dice al respecto. No nos proporciona ningún dato concreto, más allá de que adquirió amplios conocimientos en las materias de Artes y también en las Teológicas, otorgándole el calificativo de «docto». Los biógrafos han tenido, pues, que ‘imaginar’ una cronología para esos años. Su estancia en Salamanca podría haberse iniciado tempranamente, en torno a 1512, con estudios de primaria, transcurriendo los estudios universitarios desde 1523 o algunos años antes hasta, tal vez, 1528. Por otra parte, a comienzos de los años veinte ingresa como profeso en el convento franciscano de Salamanca y se ordena sacerdote en 1527 o 1528 (Ballesteros Gaibrois y Vázquez Chamorro, 1990). No se ha encontrado documentación relativa a su obtención de algún título universitario, algo que no debe extrañar, porque era normal en la Orden de los franciscanos la renuncia, como símbolo de humildad, a dicho trámite. No obstante, la gran cultura que demostró en sus escritos fray Bernardino permite deducir que cumplió con creces con los más exigentes niveles de estudio en la Universidad de Salamanca.

La vocación misionera, que siempre le acompañó, determinó su paso a la Nueva España. Fray Bernardino, junto con otros dieciocho franciscanos, embarcó en Cádiz, probablemente en el mes de septiembre de 1529 (Castro y Rodríguez Molinero, 1986), formando parte del segundo grupo de franciscanos -los doce primeros habían llegado en 1524, siendo conocidos como «los doce apóstoles de México»- que trataban de evangelizar a los indígenas. Aunque no tenemos constancia de las circunstancias del viaje, sí lo mencionan otros cronistas, como Mendieta y Torquemada, y, además, tenemos constancia de la Real Cédula que firma la reina Isabel el 24 de agosto de 1529, remitida a la Nueva España, en la que se insiste en la necesidad de instrucción y evangelización de los indios naturales de aquellas tierras. Más que otra orden religiosa, los franciscanos asumieron como su seña de identidad la misión de salvar a aquellos millones de indios de las garras del demonio -durante el siglo XVI viajaron a América cerca de tres mil misioneros franciscanos, doblando en número a la siguiente orden, los dominicos-. Los indígenas aceptaron bien a estos misioneros franciscanos, ya que, como señala fray Toribio de Benavente -uno de los doce, al que los indios apodaron «Motolinía», término náhuatl que significa «pobrecito»-, los veían cercanos a ellos, ya que vestían pobremente, andaban descalzos y comían sus mismas viandas. El desprendimiento de cualquier bien material y la profunda vocación misionera también fueron los rasgos de la personalidad del padre Sahagún, aceptados con una sincera humildad que le acompañó a lo largo de su dilatada vida. Conviene no olvidarlo, porque la ingente obra intelectual que plasmó en sus numerosísimos escritos podría distorsionar la figura de quien siempre fue un sencillo fraile. Una vez que llegó a México, a finales de 1529, se dedicó a la evangelización, tal como estaba previsto antes de iniciar su viaje. Desde luego, tuvo ocasión fray Bernardino de ver parte del esplendor de Tenochtitlan, que, apenas unos años antes, en 1522, había empezado a ser reconstruido de acuerdo al estilo renacentista, pero que conservaba aún, cuando llegó Sahagún, sus teocallis (pirámides) y cúes (templos). La admiración que sintió al ver el Templo Mayor nos ha sido transmitida por Torquemada, en su Monarquía Indiana (1615), obra inspirada en los estudios antropológicos de fray Bernardino de Sahagún, del que, al parecer, fue discípulo. Ese inicial interés del fraile leonés por la cultura de los aztecas fue el germen de su gran vocación antropológica. De hecho, es considerado el padre de dicha disciplina, porque ese inicial interés que puede apreciarse en varios de los primeros cronistas de Indias, tuvo, en su caso, una proyección científica, creando una metodología que en nada es inferior a la de los más renombrados antropólogos del siglo XX. Pero, por mucho que se interesase por la cultura indígena, no olvidó que él se encontraba allí en misión evangelizadora. Muy pronto comprendió que los masivos bautizos no significaban que los indios abrazaran la nueva fe con una simultánea renuncia a las que consideraba prácticas idolátricas promovidas por el demonio. En su afán de hacerse comprender mejor por los indígenas, siguió la resolución que ya habían adoptado sus compañeros misioneros, aprender la lengua náhuatl, en la que llegó a ser el mejor conocedor en sus tiempos y en la que llegaría a escribir buena parte de sus escritos, tal como nuevamente nos certifica el padre Mendieta: «aprendió en breve la lengua mexicana, y súpola tan bien, que ningún otro hasta hoy se le ha igualado en escribir en ella». Ciertamente, son numerosos los testimonios que ratifican esta opinión (Castro y Rodríguez Molinero, 1986). Así, tuvo ocasión Sahagún, al poder comunicarse bien con los indígenas, de comprobar que actuaban de buena fe al aceptar a Cristo, algo que no planteaba problema para su concepción politeísta, pero que suponía un planteamiento imposible de admitir desde el monoteísmo cristiano. Sahagún se planteó erradicar aquellas creencias y para ello necesitaba conocer en profundidad la religiosidad de aquellos indios. Sus recientes hábitos estudiantiles de Salamanca encontraron la mejor tierra abonada para florecer: el lingüista que escribe en náhuatl para poder evangelizar a las clases cultas indígenas y, de esa manera, poder llegar al resto de la población india, y el historiador y antropólogo que, más allá de su afán evangelizador, se sintió atrapado por aquella, para él, extraña cultura. A lo largo de toda su vida reunió incontables testimonios, códices y diversos materiales con los que reconstruir una cultura cuya amenaza de desparecer era cierta. Su Historia se convertiría en el gran monumento de la cultura azteca, la fuente imprescindible del conocimiento de aquel pueblo.

Es de suponer que a su llegada a la ciudad de México se alojase en el Convento de San Francisco (Castro y Rodríguez Molinero, 1986), pero muy pronto se trasladaría al convento de Tlalmanalco, localidad al este de la ciudad de México, situada a unos cincuenta kilómetros. Mendieta ofrece este dato, y allí residiría entre 1530 y 1532. Tal vez fue entonces cuando subió a la cima de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, situados en la zona (pudo ser años más tarde, cuando estuvo evangelizando en el valle de Puebla, según D´Olwer, 1990), testimonio del propio fray Bernardino en su Historia. La misión de Sahagún allí estaría relacionada con la edificación de la iglesia de San Luis, concluida en 1532, momento en que debemos suponer (ante la ausencia, una vez más, de datos ciertos) se traslada al sur de la ciudad de México, a Xochimilco, donde fundaría el convento de San Bernardino, del que sería Guardián, ya que el testimonio de Mendieta alude a que fue Guardián en varios conventos (nombre que en la época se daba al Superior del convento). De su estancia en este lugar tenemos confirmación por el propio Sahagún, permaneciendo allí hasta el año 1535. Al año siguiente se abre una etapa tan importante en su vida que puede calificarse de definitiva. Se le incorpora a fray Bernardino como profesor de latín en el recién creado Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco. Se trataba de un centro de educación destinado a la formación de las élites nobles indígenas. Fundado en 1535, y con la protección de la administración -se le denominaba «Imperial Colegio»-, contó con el decidido apoyo del virrey Antonio de Mendoza, que contribuyó a su mantenimiento, incluso cuando quince años más tarde se trasladó al Perú. El proyecto, que bien podría considerarse utópico, trataba de integrar a las clases dirigentes indígenas en el modelo social hispánico. Para ello se procedió a seleccionar a unos doscientos niños, de entre diez y doce años, que pudiesen adquirir con el paso de los años un nivel de conocimientos de tipo universitario -las enseñanzas siguieron el modelo del trívium y el cuadrivium y se añadieron estudios sobre teología y, muy importante, sobre medicina-. Los franciscanos fueron los encargados de la organización y fray Bernardino fue profesor de latín, materia imprescindible, durante cuatro años, hasta 1540. En su Historia recuerda Sahagún que «Yo fui el que los primeros cuatro años con ellos trabajé y los puse en todas las materias de la latinidad […] vinieron a entender todas las materias del arte de la gramática, a hablar en latín y entenderlo, y a escribir en latín, y aun a hacer versos heroicos». Muy orgulloso se sintió fray Bernardino de sus alumnos trilingües -castellano, latín y náhuatl- que, según él, podían competir con los estudiantes salmantinos (Ballesteros Gaibrois y Vázquez Chamorro, 1990). Años más tarde, estos alumnos serían pieza clave en su gran proyecto de recuperación de la cultura azteca.

Entre 1540 y 1545 trascurrió una nueva etapa en la vida de Sahagún de la que carecemos de referencias concretas. Sin embargo, todos sus biógrafos coinciden en situarlo en el valle de Puebla en actividades misioneras, dado que las referencias que hace en su Historia a determinados lugares de esta zona, como ríos y montañas, menciones detalladas a la pirámide de Cholula que, evidentemente, visitó, el conocimiento exacto que tiene de la misión de Huexotzingo -cerca de Cholula y donde probablemente vivió-, todo ello demostraría que conocía muy bien esa región de México en la que solo pudo estar de manera continua en este periodo de su vida, dado que lo que sí conocemos es su trayectoria vital posterior, de nuevo en Tlatelolco. Del año 1540 data su primera obra, Sermones de domínicas y de santos en lengua mexicana, con la que inicia lo que sería su principal línea de trabajo en relación con el proceso evangelizador: traducciones al náhuatl de textos religiosos, como forma de adaptarse mejor a la mentalidad indígena. También en náhuatl, lengua en la que escribiría buena parte de su obra, sus Epístolas y Evangelios dominicales, probablemente redactados en esta época, responden al criterio de traducciones útiles para la predicación.

En 1545 regresa fray Bernardino a Tlatelolco, probablemente con la encomienda de su Orden de afianzar y mejorar el convento de Santiago Apóstol, colindante con el Colegio de Santa Cruz. En ese año México sufrió una de las peores pestes de su historia, denominada cocoliztli -«enfermedad», en náhuatl-, que acabó con gran parte de la población indígena -hasta el 80%, según algunos autores-. El propio Sahagún enfermó en 1546 y estuvo a punto de morir. Su testimonio es explícito, tal como señala en su Historia: «yo me hallé en tiempo de esta pestilencia en esta ciudad de México, en la parte de Tlatelolco, y enterré más de diez mil cuerpos». A consecuencia de la mortandad, el diezmado Colegio de Santa Cruz se vio en la necesidad de reorganizarse. Es entonces cuando se cedió su administración a los propios indígenas, idea que es probable deba atribuirse a fray Bernardino, consciente de su capacidad (tal como intuyen Castro y Rodríguez Molinero, 1986). Es también a partir de este momento cuando Sahagún toma conciencia de la necesidad urgente de anotar y dejar por escrito todas aquellas noticias que pueda recopilar de la cultura azteca, ante el evidente riesgo de que quedasen en el olvido. Esta misión cultural, complementaria a la misionera, había sido iniciada ya por el franciscano Andrés de Olmos, a quien se le había ordenado recabar informaciones sobre la cultura indígena, en 1533. Por desgracia, el que parece haber sido un amplio libro escrito por el padre Olmos, se perdió. Siguiendo el mismo método que ya había empleado fray Andrés de Olmos, Sahagún se dedicó a recopilar códices y a preguntar a los más sabios ancianos indígenas, siendo el resultado un libro escrito en náhuatl -lengua que siempre consideró más exacta para reflejar la cultura azteca-, Tratado de la Retórica y Teología de la gente mexicana, cuya fecha de composición debemos situar en torno a 1547, traducido al castellano por el propio padre Sahagún en 1577 e incorporado en el libro VI de su Historia. En los años siguientes fray Bernardino residió básicamente en Tlatelolco, pero también pasó algunas épocas en Xochimilco y en Tula. No hay suficiente documentación al respecto, pero sabemos que en 1552 tenía el cargo de Definidor -adjunto al Provincial-, lo que le llevaría a viajar por la demarcación religiosa de la Provincia del Santo Evangelio, que abarcaba la región la ciudad de México y aledañas -tal demarcación y organización llega hasta nuestros días-. Entre 1550 y 1555 -tal vez no se pueda precisar más- escribió, nuevamente en náhuatl, Conquista de México, una obra de carácter histórico en la que ofrecía los testimonios indígenas sobre la época de la Conquista y que formaría parte del libro XII de su Historia. No todos los frailes vieron con buenos ojos estas obras escritas en lengua indígena, temerosos de que fueran motivo para que las idolatrías permaneciesen -especialmente fray Toribio de Benavente, «Motolinía»-. Sahagún, sin embargo, se mantuvo firme en su criterio de que, al conservar la lengua mexicana, como siempre denomina al náhuatl, era la mejor manera también de trasmitir la cultura azteca.

El año de 1558, tal como señala D’Olwer (1990), fue decisivo en la vida de Sahagún. El nuevo provincial, fray Francisco de Toral, partidario de los criterios de fray Bernardino en cuanto a la recuperación de la cultura de los antiguos mexicanos y de escribir en náhuatl, le encomienda que se dedique de manera principal a esta labor. En el prólogo de su Historia recuerda Sahagún el mandato: «A mí me fue mandado por santa obediencia de mi prelado mayor que escribiese en lengua mexicana lo que me pareciese ser útil para la doctrina, cultura y manutenencia de la cristiandad de estos naturales de esta Nueva España, y para ayuda de los obreros y ministros que los doctrinan». Fue destinado al convento de Tepepulco, cerca de México, lugar perfecto para sus investigaciones, ya que allí seguían viviendo familias nobles indígenas. Entre los años 1558 y 1561, acompañado de cuatro de sus alumnos predilectos de Santa Cruz, trilingües (castellano, náhuatl y latín) llevó a cabo su investigación que, como señalan Castro y Rodríguez Molinero (1986: 123): «representa el comienzo de una etapa, dentro de la ciencia antropológica, de trabajo de campo, adelantándose en muchos años al desarrollo de la etnología». Fray Bernardino planteaba preguntas a los principales ancianos del pueblo, alrededor de doce fueron los informantes, y sus «latinos», los cuatro estudiantes de Santa Cruz, le ayudaron a plasmarlo en el papel: «Todas las cosas me las dieron por pintura. Los gramáticos las declararon en su lengua, las escribieron al pie de la pintura. Tengo aún ahora estos originales», escribiría Sahagún en el prólogo a su Historia. Con abundante presencia gráfica, estos textos en náhuatl fueron la primera versión de algunos capítulos de su Historia y se les conoce como Primeros Memoriales. También en estos años de Tepepulco escribió la Postilla a las epístolas y los evangelios, es decir, traducciones al náhuatl de pasajes de las Escrituras con el fin de que se acomodasen a la mentalidad indígena. Alude Sahagún que, igualmente, en esas fechas compuso unos «cantares», que trasladaron a lengua mexicana sus selectos alumnos, intentando que la afición al baile y al canto de los indígenas sirviese para su mejor evangelización -según el testimonio de Sahagún, se distribuyeron copias manuscritas entre los indios-, introduciendo temas católicos. Dicha obra sería editada en 1583 -la única que se publicó en vida de fray Bernardino- con el título de Psalmodia Cristiana.

Cumplida su misión en Tepepulco, regresa en 1561 al convento de Santiago de Tlatelolco. Como es natural, trae consigo sus valiosos códices compuestos en Tepepulco, pero su carácter minucioso le invita a revisarlos y ampliarlos con nuevos informantes indígenas -como ya antes había hecho, reúne a una docena de sabios ancianos indios-. La nueva versión es escrita en náhuatl y dibujada con rapidez por sus alumnos de Santa Cruz, entre 1561 y 1562. Seguramente fray Bernardino temía falta de fondos para continuar con la que ya era su gran obra, debido al parecer contrario de algunos, frailes y autoridades, ante el temor de que este tipo de obras hiciese reaparecer en los indios sus antiguas costumbres y creencias -actitud que tuvo que soportar el resto de su vida-. Infatigable, Sahagún preparó en 1563 una nueva versión de sus Sermones y, probablemente, también en torno a esa fecha, otra versión con añadidos de sus Evangelios y Epístolas, obras escritas en torno a 1540. Además, también en estas fechas, escribió en náhuatl y en castellano Coloquios y Doctrina cristiana, recreando las pláticas que, con finalidad evangelizadora, los doce primeros franciscanos llegados a México habían sostenido con los sacerdotes aztecas (Ballesteros Gaibrois y Vázquez Chamorro, 1990). La intervención de fray Bernardino fue la de organizar aquellos textos castellanos de los primeros franciscanos y traducirlos al náhuatl, misión en la que colaboraron sus habituales alumnos de Santa Cruz, cuyos nombres citará frecuentemente, y otros indios sabios.

Los años siguientes, entre 1565 y 1569, aunque pueden parecer poco relevantes desde la perspectiva de la acción biográfica, son fundamentales desde el punto de vista de la escritura de su obra definitiva, su Historia. En el prólogo, donde aporta numerosa información biográfica, señala que: «vine a morar a San Francisco de México, con todas mis escrituras, donde por espacio de tres años las pasé y repasé a mis solas, y las torné a enmendar, y dividílas por libros en doce libros, y cada libro por capítulos y párrafos». El proceso fue muy complejo, ya que pasó de los iniciales cinco libros de Tlatelolco a nueve y, en una nueva ordenación, a los doce definitivos, todo ello en lengua náhuatl -Wigberto Jiménez Moreno analizó el proceso con minuciosidad (Sahagún, 1974)-. Contando con el apoyo del nuevo provincial, fray Miguel Navarro, y del guardián de México, fray Diego de Mendoza, pudo Sahagún afrontar la costosa y complicada tarea de pasar a limpio en un nuevo manuscrito el que podía considerarse en estos momentos texto definitivo. El arduo trabajo, una vez más, fue llevado a cabo por sus discípulos indígenas de Santa Cruz, de cuyos nombres dejó constancia en señal de agradecimiento. Temeroso fray Bernardino de no poder finalizar la versión castellana del manuscrito, tanto por el indudable costo de los escribientes y materiales, como por las reticencias de parte de los frailes a su proyecto, solicitó un dictamen para que fuese aprobado en el Capítulo Provincial que se celebró en enero de 1570. A pesar del informe favorable, el nuevo Provincial no era de los partidarios de Sahagún, de manera que con la excusa del costo de los escribientes se decidió, como escribe con resignación fray Bernardino en el prólogo a su Historia: «que él solo escribiese de su mano lo que quisiese en ellas; el cual como era mayor de setenta años y por temblor de la mano, no pudo escribir nada, ni se pudo alcanzar dispensación de aquel mandamiento». No se amilanó Sahagún ante el mal cariz de los acontecimientos que podían acabar con la que era su gran obra. Actuando con rapidez, escribió un Sumario, en el que resumía el contenido, capítulo a capítulo, de su Historia, que envía al Consejo de Indias, aprovechando el viaje a España del padre Navarro y de fray Gerónimo de Mendieta. Dado que estos viajaron a mediados de 1570, apenas tuvo unos meses para redactarlo. Aunque no conocemos el manuscrito, sabemos que llegó a su destinatario. Para mayor seguridad escribió un texto similar, Breve Compendio, dirigido esta vez al Papa, texto que se conserva, con su firma, y fechado el 25 de diciembre de 1570 en México. También consiguió que llegase a manos del Pío V al año siguiente. Su acción fue vista por el Provincial como una rebeldía ante el dictamen del acuerdo capitular y, en consecuencia, ejecutó la más dura represalia que podía contra fray Bernardino: distribuir sus manuscritos entre diversos conventos -lo más probable es que la laboriosa copia terminada en 1569 fuese la que el virrey envió a España en 1578, (D’Olwer, 1990: 100)-. De esta manera se le impedía seguir trabajando en ellos. Con humor, o ironía, tal vez, recordaría fray Bernardino aquella situación al redactar el prólogo de su Historia: «fueron vistos de muchos religiosos y aprobados, por muy preciosos y provechosos».

En 1570 fray Bernardino permanecía en San Francisco de México. Es probable que desde el año siguiente se encuentre de nuevo en Tlatelolco, donde pasaría los próximos años. Imposibilitado de continuar con su obra histórica, sabemos que se dedicó con intensidad a la evangelización de los indios y, también, a reformar el Colegio de Santa Cruz. Habían pasado cuarenta años desde la fundación del Colegio y del esplendor inicial nada quedaba: un número reducido de alumnos seguían estudios básicos de latín, en medio de grandes dificultades económicas. Se encomendó a fray Bernardino su reorganización, «la cual fue más dificultosa que la misma fundación», dirá en su Historia. De nuevo, los estudios de los alumnos alcanzan mayor nivel y la pobre biblioteca del Colegio, reducida a un parco número de una cuarentena de volúmenes, dobla su número, según consta en un inventario de finales de 1574. Sin embargo, poco después, en 1576, el Colegio sufriría un gran desastre a causa de la epidemia que asoló a México entre 1575 y 1576. Tal como señala Sahagún en su Historia, «casi no está ya nadie en el Colegio; muertos y enfermos, casi todos son salidos». A pesar de su edad, fray Bernardino mantiene una intensa actividad y, a su dedicación misionera y colegial, añade la de seguir escribiendo. Según sus propias palabras, reescribe en náhuatl el Ejercicio Cuotidiano, un libro de normas religiosas que «hallé entre los indios; no sé quién lo hizo ni quién se lo dio». Aparece fechado en 1574 y es posible que, en torno a esta fecha, también escribiese la Vida de san Bernardino. Para suerte de Sahagún, a finales de 1573, regresó de Roma su benefactor fray Miguel Navarro, con el cargo de Comisario General de la Orden, que ordenó la restitución de los manuscritos dispersos de la Historia a fray Bernardino, quien los volvió a tener en su poder en 1575. Como lamenta Sahagún en el prólogo a su Historia, «así estuvieron las escrituras, sin hacer nada en ellas, más de cinco años». Las disensiones entre los frailes, partidarios o no de que los indios aprendiesen latín y de que se dejasen por escrito sus creencias antiguas, eran tan grandes que el padre Navarro no se atrevió a financiar la traducción al castellano de la obra de Sahagún. Sin embargo, en 1575 le sustituyó un nuevo Comisario General, fray Rodrigo de Sequer

Página del Códice Florentino

Página del Códice Florentino, tomada de la Biblioteca Digital Mundial

a, firme defensor de que se terminase el que ya parecía eterno proyecto de fray Bernardino. Es así como ordena que se haga una nueva copia, esta vez en dos columnas (náhuatl y castellano). A lo largo de los años 1576 y 1577 se hizo la nueva copia que conocemos bien, el famoso Códice Florentino, cuatro magníficos tomos, conteniendo los doce libros en que Sahagún había dividido su obra, con profusión de pinturas. Sería la versión definitiva, llevada por Sequera a España en 1580. El agradecimiento de fray Bernardino a Sequera quedó patente en la «Carta dedicatoria del autor», texto previo a la introducción de su Historia. Allí dice: «dedicándole esta obra que por su favor ha sido resucitada, habiendo estado enterrada en el sepulcro del olvido por manos del disfavor».

Debió sentirse muy satisfecho fray Bernardino de Sahagún, en aquel año de 1577, al ver en sus manos aquel extraordinario trabajo de su Historia, empresa iniciada más de treinta años atrás. Poco le dudaría, sin embargo, ese momento de plenitud. Los frailes partidarios de que no se escribiese en lengua indígena, para evitar que los indios pudiesen volver a sus anteriores idolatrías, tenían también otros motivos de índole personal contra Sahagún, en unos años muy conflictivos entre bandos irreconciliables en la Orden franciscana. Las intrigas de estos ante la Corona dieron su fruto, ya que en abril de 1577 se emite una real cédula de Felipe II al virrey, exigiendo que «con mucho cuidado y diligencia procuréis haber estos libros, y sin que de ellos quede original ni traslado alguno, los enviéis a buen recaudo en la primera ocasión a nuestro Consejo de Indias» (D’Olwer, 1990: 96). Resulta evidente que no se trataba de cumplir con el habitual requerimiento para que el Consejo de Indias dispusiese de un ejemplar (original o copia) de los documentos relativos a Indias, sino que era un acto confiscatorio, algo que solo se explica por el temor a que, estando aquellos textos escritos en náhuatl, pudiesen reavivar en los indios sus antiguas creencias. Sequera tuvo la precaución de guardarse para sí la copia última, la finalizada en 1577, y entregó al virrey la primera versión, la de 1569. En todo caso, fray Bernardino, una vez más, se vio despojado de sus manuscritos. Es evidente, sin embargo, que la orden de que no quedase «traslado alguno» no llegó a cumplirse, ya que Sahagún siguió trabajando sobre esos textos. Como señala D’Olwer (1990: 112), «Pese a las apremiantes órdenes del Consejo de Indias y a los envíos hechos a España, quedaron en México elementos bastantes (borradores, traslados parciales, notas, etc.), para que el autor intentara rehacer, tras otra fachada, alguna parte de su obra». No deja de resultar dramático pensar en la situación de fray Bernardino que, con casi ochenta años, ve peligrar el trabajo de toda su vida, consciente de la trascendencia de perpetuar la cultura azteca y temeroso de que su obra pudiese ser destruida. A pesar de todo, el incansable fraile logra llevar con éxito nuevos proyectos. Aunque el Consejo General de la Inquisición, de acuerdo con las directrices tridentinas, seguía en 1578 manteniendo la terminante prohibición de la traducción de los textos de las Escrituras a lenguas vulgares, entendió las razones evangelizadoras esgrimidas por Sahagún y otros frailes para poder seguir traduciendo al náhuatl algunos textos, si el uso de ellos quedaba restringido a los misioneros. Se salvaron, así, numerosos textos, entre ellos los ya escritos por fray Bernardino, quien, convencido de la importancia de impartir la doctrina católica en lengua indígena, siguió escribiendo nuevos textos. En el año 1578 obtiene licencia para imprimir un Manual del cristiano, proyecto que no llegó a culminarse, aunque tenemos constancia de la existencia del manuscrito, hoy en paradero desconocido. Un año más tarde escribe Apéndiz a la Postilla y Adiciones a la Postilla -referencia a una obra suya anterior-, también en náhuatl, y que, aunque contó con licencia de impresión, tampoco llegó a ver la luz. Los frustrados intentos de publicación se vieron, por fin, cumplidos cuando en 1583 logró editar su Psalmodia Cristiana, obra escrita hacia 1558-1560, en la que adaptaba la doctrina cristiana a los cantos a los que tan aficionados eran los indígenas. Fue la única obra que vio publicada, cuando ya había cumplido los 83 años.

Todavía le quedaban fuerzas a fray Bernardino para redactar nuevas obras, inspirándose en los manuscritos que pudo salvar de su Historia o en copias, seguramente, fragmentarias. Entre 1583 y 1584 escribe el Calendario mexicano, latino y castellano y en 1585 Arte Adivinatoria. En ambas obras pretende combatir las idolatrías indígenas, consciente de su permanencia a lo largo del tiempo, de manera que son textos que debían ser útiles a los evangelizadores. También en 1585 escribe un Vocabulario trilingüe -en náhuatl, castellano y latín-, del que tenemos constancia porque el cronista Torquemada manifiesta que lo tuvo en su poder (D’Olwer, 1990). Y aún tuvo fuerzas, en ese año de 1585, para realizar una segunda redacción del Libro de la Conquista, escrito entre 1550 y 1555 e incluido en su Historia, reproduciendo el texto náhuatl de la primera versión y añadiendo otra versión corregida en náhuatl y, por último, la traducción al castellano.

Los últimos años de fray Bernardino de Sahagún fueron muy polémicos. Desde 1571 residía habitualmente en Tlatelolco y ya hemos visto los vaivenes de la fortuna en lo que se refiere a su Historia. Entre 1584 y 1587 ocurrieron graves hechos en la provincia franciscana del Santo Evangelio -es decir, la que ocupaba la región central de México, en torno a la capital virreinal- en los que se vio implicado fray Bernardino, a pesar de su avanzada edad. En 1584 llegaba a México, desde España, el nuevo Comisario General, fray Alonso Ponce, al que se opone de manera radical fray Pedro de San Sebastián, Superior Provincial que, con ayuda del virrey, le prohíbe la visita, le detiene y le expulsa a Guatemala en 1586. En ese momento es Definidor Primero de la provincia fray Bernardino, nombrado en junio de 1585. Para comprender mejor el alcance del conflicto conviene saber que el cargo de Comisario General era la máxima autoridad, después del Ministro General de la Orden, y ejercía la función de Visitador General de las provincias. Por debajo de él estaban los Comisarios Provinciales, máxima autoridad en una provincia, de los que dependían los Superiores Provinciales. En cuanto a los Definidores, eran consejeros del Superior Provincial y el Primero le podía sustituir como Vicario. Al verse en esa situación de indefensión, el padre Ponce –que seguiría su tarea de Visitador por todas las provincias franciscanas en los años siguientes, ratificado por el Ministro General en su cargo- nombra Comisario General sustituto a Sahagún, en el mes de marzo de 1586, cargo que, sorprendentemente, a juzgar por su actuación posterior, acepta, aunque un mes después, al inquirir el virrey por la validez del nombramiento, dimite del mismo. Lo cierto es que fray Bernardino se implicó muy activamente en el conflicto, como demuestran los numerosos documentos del año 1586 y 1587 -varios con su firma, descubiertos por Baudot (1974), en los que se niega la autoridad del padre Ponce, y otros aportados por Castro y Rodríguez Molinero (1986). El conflicto entre los padres San Sebastián y Ponce no cabe duda que tenía tintes personales, aunque en el fondo podían vislumbrarse los dos bandos franciscanos enfrentados: los «peninsularistas», partidarios de que los frailes siguiesen procediendo de España, y los «criollistas», imbuidos de un espíritu más autonomista. La posición de fray Bernardino a favor de estos últimos, representados por el padre San Sebastián, es clara. Puede que en su toma de postura también influyese la confiscación de sus manuscritos en 1577, por lo que tenía de escasa consideración hacia la conservación de la cultura azteca, trabajo al que había dedicado casi toda su vida. En realidad, lo que representaba el padre Ponce ponía en cuestionamiento la labor franciscana de acercamiento al mundo indígena, llevada a cabo durante tantos años. Su modelo, la llegada de clero secular y frailes desde España, no era compatible con el deseo de la mayoría de los franciscanos mexicanos de constituir una «Nueva Iglesia», inspirada en la pobreza de los inicios de la Orden y en el «milenarismo». El proyecto evangelizador utópico de los primeros doce «Apóstoles» franciscanos había sido convenientemente filtrado por Sahagún, quien sabía bien que para evitar las falsas conversiones era necesario penetrar en la cultura indígena, en especial, a través de su lengua. Si nos damos cuenta, toda su extensa obra tenía una finalidad primordial: conseguir un método óptimo de evangelización, desterrando las idolatrías. En aquellos últimos años de su vida debió sentir que el esfuerzo realizado podría resultar baldío si triunfaban el centralismo representado por el padre Ponce y la poca comprensión del mundo indígena que podía derivarse de las cédulas reales que, a partir del año 1576, prohibían la traducción a las lenguas indígenas de los textos sagrados. Por eso, con una determinación inquebrantable, estampa su firma temblorosa en una decena de documentos que niegan la autoridad del padre Ponce. En 1589 llega el sustituto, como Comisario General, del padre Ponce y también en ese año fray Bernardino cesa en su cargo de Definidor. Al año siguiente moriría, cumplidos los 90 años, a consecuencia de lo que parece un proceso gripal, lo que entonces llamaban «la enfermedad del catarro». Sesenta años antes había salido de España y apenas leves recuerdos podrían quedar en su memoria de su Sahagún natal. El Nuevo Mundo le proporcionó una nueva vida, la integración en un mundo mestizo en el que sus discípulos de Tlatelolco aprendieron la cultura latina y una nueva fe y él quedó atrapado por aquellas «antigüedades» que, para fortuna nuestra, con tanto empeño se encargó de que no quedasen en el olvido.

 

Producción literaria

La primera obra escrita por fray Bernardino de Sahagún es del año 1540 y la última la redactó en 1585. Sus obras tienen carácter doctrinal o antropológico y, mayoritariamente, fueron escritas en náhuatl. En este apartado se exponen cronológicamente, sin mayores detalles, que pueden verse más adelante.

1540.- Sermones de domínicas y de santos en lengua mexicana (en náhuatl). Corregidos en 1563.

  1. c. 1540.- Epístolas y Evangelios dominicales (en náhuatl).
  2. c. 1547.- Tratado de la Retórica y Teología de la gente mexicana (en náhuatl). Traducido al castellano por el padre Sahagún e incorporado en el libro VI de su Historia…
  3. c. 1550-1555.- Conquista de México (en náhuatl), que formaría parte del libro XII de su Historia…Es una primera versión de carácter histórico en la que ofrecía también testimonios indígenas sobre la época de la Conquista.
  4. c. 1558-1560.- Postilla sobre las Epístolas y Evangelios de los Domingos de todo el año (en náhuatl). Comentarios de tipo doctrinal dedicados a la evangelización.
  5. c. 1558-1560.- Cantares (en náhuatl), publicada en 1583 con el título de Psalmodia Cristiana y Sermonarios de los santos del año, en lengua mexicana, ordenada en cantares o psalmos, para que canten lo indios en los areytos que hacen en las iglesias. Dada la afición de los indios al canto y al baile, la aprovechó para componer cantos religiosos cristianos y, de esa manera, facilitar el proceso de evangelización.

1560.- Primeros Memoriales (en náhuatl). Conservados en los Códices Matritenses del Palacio y de la Real Academia de la Historia. Se trata de la primera versión de algunos capítulos de la que iba a ser su gran obra: la Historia…

  1. c. 1564.- Coloquios y Doctrina cristiana con que los doce frailes de San Francisco enviados por el papa Adriano VI y por el emperador Carlos V convirtieron a los indios de la Nueva España (en náhuatl). Sahagún encontró en los conventos franciscanos copias de los diálogos mantenidos por los primeros evangelizadores franciscanos en México con los sacerdotes aztecas. Los organiza y los traduce al náhuatl.
  2. c. 1567- 1569.- Arte de la lengua mexicana con su Vocabulario apéndiz. Da noticia de esta obra el propio Sahagún en el prólogo de su Historia… No se ha conservado y, supuestamente, estaría escrita en náhuatl.

1569.- Historia general de las cosas de Nueva España (en náhuatl, básicamente, con algunas partes en castellano). Última ordenación y copia en limpio a tres columnas. Manuscrito perdido, aunque algunas de sus partes podrían estar contenidas en los Primeros Memoriales.

1570.- Sumario (en castellano). Manuscrito perdido.

1570.- Breve Compendio de los ritos idolátricos que los indios desta Nueva España usaban en tiempo de su infidelidad (en castellano). Manuscrito conservado en el Archivo Secreto Vaticano.

1574.- Ejercicio Cotidiano (en náhuatl).

  1. c. 1574.- Vida de san Bernardino (en náhuatl). Esta obra es mencionada por Torquemada, pero hay dudas sobre si llegó incluso a escribirla Sahagún. Se desconoce el texto.

1576- 1577.- Historia general de las cosas de Nueva España (en náhuatl y castellano). Última versión a dos columnas y en cuatro tomos. Manuscrito denominado Códice Florentino. También conocido como Manuscrito Sequera. Contiene más de 2000 pinturas.

1578.- Manual del cristiano (en náhuatl).

1579.- Apéndice a la Postilla y Adiciones a la Postilla (en náhuatl).

1583-1584.- Calendario mexicano, latino y castellano (en castellano).

1585.- Arte Adivinatoria (en castellano).

1585.- Vocabulario trilingüe (en náhuatl, castellano y latín).

1585.- Libro de la Conquista (en náhuatl y castellano).

 

Tradición textual

Un estudio completo de la transmisión textual de los manuscritos de Sahagún y de las ediciones de sus obras puede verse en Bustamante García (1990). Es necesario distinguir entre las obras de carácter doctrinal y las de tipo antropológico. En relación con el apartado previo, si una obra no se menciona es porque no se conservó o, bien, pasó a formar parte de otra obra posterior.

Obras doctrinales, enumeradas cronológicamente

Sermones de domínicas y de santos en lengua mexicana, la primera obra de Sahagún, escrita en náhuatl en 1540. El único manuscrito conocido se encuentra en «Ayer Collection, nº 1485», Biblioteca Newberry, Chicago. Algunos sermones se encuentran en un manuscrito, Sermones mexicanos, conservado en la Biblioteca Nacional de México (D’Olwer, 1990: 40).

  1. c. 1540.- Epístolas y Evangelios dominicales (en náhuatl). Manuscrito perdido (D’Olwer, 1990: 41; Castro y Rodríguez Molinero, 1986: 109). La segunda versión, en torno a 1563, un códice bilingüe en náhuatl y latín, fue publicada por Biondelli en 1858 (D’Olwer, 1990: 59).
  2. Portada de Psalmodia cristiana

    Portada de Psalmodia cristiana, tomado de Archive.org (Brown University Library)

    c. 1558-1560.- Cantares (en náhuatl), publicada en 1583 (México, Pedro Ocharte) con el título de Psalmodia Cristiana. Nos describe la primera edición Suárez Roca (1999: XVI): «volumen en cuarto, que consta de 236 hojas foliadas, precedidas de otras cuatro no numeradas, e ilustradas algunas con grabados de madera». Un ejemplar íntegro se encuentra en la Biblioteca Nacional de México y otro, mutilado, en la Biblioteca Nacional de Madrid, con signatura: R/8612.

  3. c. 1564.- Coloquios y Doctrina cristiana con que los doce frailes de San Francisco enviados por el papa Adriano VI y por el emperador Carlos V convirtieron a los indios de la Nueva España (en náhuatl). Solo se tiene noticia de un manuscrito, conservado en el Archivo Secreto del Vaticano. Se han conservado catorce de los treinta capítulos que tenía el manuscrito (Morales, 2002: 223). Desde que en 1924 apareció la primera edición, se han publicado en otras seis ocasiones -en traducciones o en facsímil-, siendo recomendable la edición de León Portilla (Sahagún, 1986). La información sobre las diversas ediciones puede consultarse en García Quintana (2003: 208).

1574.- Ejercicio Cuotidiano (en náhuatl). Manuscrito nº 1485 de la «Ayer Collection» de Chicago.

1579.- Apéndice a la Postilla y Adiciones a la Postilla (en náhuatl). El proyecto de edición de la obra escrita hacia 1558-1560, más este apéndice y adiciones, no llegó a culminarse, aunque tenía licencia concedida en 1583. Se encuentra en el ms. 1486 de «Ayer Collection» (Newberry Library de Chicago). Las Adiciones son 26 y el Apéndice está compuesto por siete amonestaciones, de las que solo se conservan dos y media. Existe una edición de Anderson, que incluye también el Ejercicio Cuotidiano (Sahagún, 1993).

1583-1584.- Calendario mexicano, latino y castellano (en castellano) y Arte Adivinatoria (1585, en castellano). Junto con la obra anterior, se conserva en un manuscrito de la Biblioteca Nacional de México, de mano distinta a la de fray Bernardino o sus discípulos, con signatura F.O. 1628bis: el Calendario en los fols. 96-112 y el Arte Adivinatorio en los fols. 116-142 (Baudot, 1974: 38). García Icazbalceta publicó en1896 el prólogo, la dedicatoria y el capítulo 1º del Arte Adivinatoria (pp. 382-387). El Calendario fue publicado por Iguínez en 1918. También en 1585 compuso un Vocabulario trilingüe que pudo ser un intento de reconstrucción de parte de su Historia. Hay un manuscrito en la «Ayer Collection» con el nº 1478, pero puede que se trate de un vocabulario de sus primeros años como escritor (hacia 1540), según Bustamante García (1990: 388).

Obras de tipo antropológico

1585.- Libro de la Conquista (en náhuatl y castellano). Uno de los manuscritos fue traído a España en 1679 y regresó a México en 1832, editándolo en 1840 Carlos Bustamante. Luego volvió a España, perdiéndose su pista en 1935 (D’Olwer, 1990: 122). Sobre los avatares del manuscrito puede consultarse García Quintana (2003: 209).

Historia general de las cosas de la Nueva España

Los documentos más antiguos conservados de la Historia general de las cosas de Nueva España son los «Primeros Memoriales», códices conservados en la Biblioteca del Palacio Real y en la Real Academia de la Historia (en Madrid, ambas). El códice del Palacio Real tiene 303 folios (signatura II-3280) e incluye los libros I al VI de la Historia. El códice de la Real Academia de la Historia (signatura 9/5524), tiene 343 folios e incluye los libros VIII-XI. Es decir, solo faltan los libros VII y XII. La existencia de ambos códices empezó a ser difundida a partir de la descripción de Ramírez en 1867 y la edición facsímil que Francisco del Paso y Troncoso realizó en Madrid entre 1905 y 1907. Tal como indica Benito Lope (2013: 15-16), el códice de la Academia de la Historia fue adquirido a un librero madrileño en 1762 y en cuanto al manuscrito de la Biblioteca Real de Madrid, no hay datos del momento de su adquisición, solo se sabe que se encontraba allí desde «antiguo». Quienes más han estudiado estos códices son Jiménez Moreno (Sahagún, 1974) y, de modo especial, Bustamante García (1990). Los memoriales más antiguos los escribió Sahagún durante su estancia en Tepepulco (1558-1560). Contienen numerosas pinturas, el texto es náhuatl y hay algunas explicaciones en castellano. Como en el resto de los manuscritos de la Historia, la colaboración de los indígenas fue determinante. Entre 1561 y 1562 realiza una nueva copia que debemos considerar como nueva versión. Estos nuevos textos y pinturas, sobre los que se elaboraría la versión definitiva de su Historia, se les conoce con dos denominaciones, fijadas por dos de los estudiosos más prestigiosos de la obra de Sahagún: Memoriales en Tres Columnas, según Paso y Troncoso en su edición de 1905-1907 de los códices matritenses (los detalles de edición en tres volúmenes pueden verse en García Quintana(2003: 226) y segundos Memoriales o Memoriales con Escolios, según Jiménez Moreno (Sahagún, 1974). A partir de estos materiales Sahagún fue redactando los distintos capítulos de su Historia en los años siguientes. La versión definitiva la realizaron Sahagún y sus discípulos indígenas de Tlatelolco entre 1576 y 1577. Se la conoce como Manuscrito Sequera, denominación derivada del nombre del nuevo Comisario general de la Orden, fray Rodrigo de Sequera, quien le encargó a Sahagún una nueva copia, aunque la denominación más habitual es la de Códice Florentino, nombre derivado del lugar donde se encuentra, la Biblioteca Medicea Laurenziana de Florencia. Tiene 1200 páginas y 2468 pinturas y llegó a Florencia entre 1580 y 1588. Tal como informa Benito Lope (2013: 18), aportando la bibliografía conveniente, el códice permaneció en el olvido durante mucho tiempo, apareciendo en diversos catálogos a partir de mediados del siglo XVIII. El primero en transcribirlo completamente fue Francisco del Paso y Troncoso en la década de los años noventa del siglo XIX y la publicación se realizó en 1905. En el apartado bibliográfico pueden verse algunas ediciones. Uno de los críticos que mejor ha estudiado su transmisión es Ida Rao (2011), quien deja constancia de su mención en un inventario de los Médici de 1587 y del gran interés que despertó inicialmente (hasta el punto de que algunos frescos de la bóveda del palacio de los Uffizi se decoraron con motivos del códice); luego se olvidó su existencia y terminó en el Index (el índice de libros prohibidos por la Inquisición), hasta que lo descubrió Francisco Paso y Troncoso. En cuanto al denominado Códice Tolosa, se trata de un manuscrito contemporáneo al Florentino, pero que solo recoge la traducción castellana y tampoco incluye las pinturas. Además, la copia contiene errores y omisiones respecto al Códice Florentino(Bustamante García, 1990: 334). Ninguna intervención tuvo en él fray Bernardino, a pesar de lo cual fue el más utilizado para las ediciones, desde la inicial de Bustamante de 1826 hasta ediciones recientes. Por ello, lo normal en nuestros días es basarse en el Códice Florentino. El nombre de Códice Tolosa hace alusión al convento de los franciscanos de esta localidad vasca donde se encontraba, hasta que en 1783 el historiador Juan Bautista Muñoz lo trasladó a Madrid. Hoy día se encuentra en la biblioteca de en la Real Academia de la Historia con signatura: 9/4812. Detalles más concretos al respecto de este códice pueden verse en Benito Lope (2013: 19-20). Existen enlaces web del Códice Florentino y de la edición de Bustamante.

 

Recepción socio-literaria

Aunque la obra antropológica de fray Bernardino, es decir, su Historia, es la que ha cimentado su fama y en la que empleó la mayor parte de su tiempo, hay que tener presente su numerosa obra doctrinal que se transmitió a través de copias manuscritas entre los indígenas o entre los predicadores, según fuesen sus destinatarios. Al estar escritas en náhuatl apenas han tenido repercusión hasta recientemente -los manuscritos conservados-, aunque ahora los críticos las estudian como un complemento muy importante a su obra antropológica, ya que en estas obras Sahagún fue adaptando la doctrina cristiana a la mentalidad indígena, lo que constituye una fuente de información sustancial sobre su cultura. Solo la Psalmodia se editó en vida de fray Bernardino.

La Psalmodia Crhistiana, publicada en 1583, es mencionada por fray Jerónimo de Mendieta en su Historia eclesiástica indiana (obra escrita durante las tres últimas décadas del siglo XVI, aunque no se publicó hasta el año 1870). Según la información de Suárez Roca (1999: XIX), se desconoce hasta qué punto fue la obra utilizada por los indígenas y los predicadores en los momentos posteriores a su publicación. Aunque sabemos, por las notas a uno de los ejemplares, que hasta medidos del XVII era utilizado. A mediados del siglo XVIII, fray Francisco de la Rosa, bibliotecario del convento de San Francisco de México, considerando que era un libro que debía ser prohibido por traducir los textos bíblicos, lo denunció ante la Inquisición y destruyó cuantos ejemplares encontró. Al ser una obra de carácter doctrinal y el hecho de estar en náhuatl, solo ha recibido atención en tiempos reciente y por parte de los académicos.

En cuanto a su Historia, el primer cronista que dio noticia detallada de las obras de Sahagún fue fray Juan de Torquemada en el cap. 33, lib. 19, de su Monarquía Indiana, impresa en Sevilla el año 1615, donde decía: «Escribió once libros de marca de pliego, en que se contenían, en curiosísima lengua mexicana», tal como recoge Ramírez (1867: 116). Según García Icazbalceta (1981: 281) y D’Olwer (1990: 175), la Historia fue consultada en los siglos XVI y XVII por diversos cronistas: Jerónimo de Mendieta, Francisco Hernández -muy utilizada en su De Antiquitatibus Novae Hispaniae libri tres-, Suárez de Peralta, Muñoz Camargo y Torquemada. Hasta principios del siglo XIX, cuando empieza a ser editada, la gran obra de Sahagún no pudo ser consultada, aunque era conocida a través de las referencias a ella en la Historia eclesiástica indiana de Mendieta. Lo valioso de los manuscritos hizo que se guardasen con la precaución de quien posee un tesoro. Por otro lado, los estudios antropológicos sobre México no volvieron a tener consistencia hasta el siglo XIX y, tal como señala Castro y Rodríguez Molinero (1986: 206), «durante el siglo XIX y XX las obras etnológicas y antropológicas referentes a México son abundantes, pero ninguna de ellas alcanza el valor de la obra del padre Sahagún ya que, principalmente, se basan en él». En efecto, el descubrimiento a finales del siglo XVIII del Códice Tolosa, propició la edición de 1829 de Carlos Bustamante, momento a partir del cual el interés por la obra de Sahagún fue en aumento. Como señala García Quintana (2003: 224), «se suscitó un interés creciente por los manuscritos sahaguntinos. Lord Kingsborough publicó la Historia general en 1830-1848 en sus Antiquities of Mexico. Bustamante mismo dio a luz en 1840 a la segunda versión de la “Historia de la conquista”. Jourdanet y Siméon hicieron una traducción al francés de la Historia y la publicaron en 1880. Eduard Seler tradujo al alemán fragmentos procedentes de los Códices matritenses en 1890. Entre 1905 y 1907 Francisco del Paso y Troncoso publicó el Códice florentino y los Códices matritenses. Y ya avanzado el siglo XX, las ediciones de la Historiageneral o texto español del Códice florentino, de este mismo en su totalidad y de otros escritos, las traducciones y los estudios sobre Sahagún y su obra se han multiplicado a ritmo creciente como corresponde a este autor, sin duda el más importante para el conocimiento del antiguo mundo náhuatl». No cabe duda del carácter imprescindible de su obra en cualquier estudio que afronte el tema, ya que puede considerarse como fuente primaria.

Bajo su nombre se creó en 1941, en Madrid, en el marco del CSIC, el que fue centro investigador pionero de la antropología y la etnología, el «Instituto Bernardino de Sahagún», cuya existencia perduró hasta 1970. En ese año, la Diputación de León tomaba el relevo, inaugurando la «Institución Fray Bernardino de Sahagún», también al amparo del CSIC. Como colofón de lo que podríamos considerar su recepción social, merece la pena recordar dos homenajes. La placa conmemorativa que, a instancias del Instituto de Estudios Indigenistas Americanos, del Instituto Fernández de Oviedo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España y del Seminario de Estudios Americanistas de Madrid, se colocó el 12 de enero de 1966 en el Claustro de la Universidad de Salamanca en la que se señala, entre otras cosas: «Investigador insigne de la lengua y cultura de los antiguos mexicanos [y] padre de la antropología en la Nuevo Mundo». Por su parte, su villa natal, Sahagún de Campos, erigió una estatua en honor a su paisano el 11 de junio de 1966, con una inscripción en la que se le recuerda como «Misionero y educador de pueblos, padre de la antropología en el Nuevo Mundo».

 

Recepción crítica

Página del Códice Florentino

Página del Códice Florentino, tomado de Wikimedia Commons

La trascendencia de la monumental Historia general de las cosas de Nueva España ha hecho que el resto de los escritos de fray Bernardino de Sahagún hayan pasado desapercibidos. Además, el hecho de estar escritos en náhuatl, perdidos algunos de ellos, y con traducciones relativamente recientes, explica el porqué son poco conocidos, más allá de la crítica muy especializada. Sin embargo, son textos que complementan la Historia, en el sentido de que tienen un carácter doctrinal motivado por el propósito evangelizador que está siempre presente y esa es la razón de que se escribiesen en náhuatl, la única manera, según el parecer de Sahagún, de trasmitir la doctrina cristiana a los indígenas, adaptándose a su mentalidad a través del uso de su lenguaje. Esa también fue la razón por la que la Historia se escribió en náhuatl: para llegar a comprender el mundo indígena había que conocer su cultura tal como ellos la concebían, algo que solo era posible a través de su lenguaje. De esta manera, la figura de fray Bernardino puede ser observada desde una doble perspectiva: la del escritor preocupado por la coyuntura del momento en el contexto evangelizador que escribe textos que pueden ser utilizados por los indígenas y por otros misioneros, y la del escritor que, después de treinta años de trabajo, ha logrado crear una obra magna donde quede constancia para las generaciones futuras de las culturas indígenas mexicanas antiguas, en trance de olvido como resultado natural del impacto de la Conquista. La inmediatez la encontramos en sus escritos doctrinales que escribió a lo largo de toda su vida. La trascendencia la apreciamos en su Historia, algo de lo que era muy consciente, lo que le convirtió en el primer antropólogo que empleó un método científico. Sus textos doctrinales se transmitieron a través de manuscritos que se copiaban y cuya única finalidad era la de la práctica evangelizadora. De ahí que el objetivo de su publicación no fuese primordial -solo llegó a publicar la Psalmodia Cristiana-. Sí se preocupó en cambio, y mucho, por fijar en manuscritos su Historia, aunque las circunstancias especiales de la obra -su dimensión, las pinturas que contenía- hacían inviable su edición, algo que tampoco estuvo en su mente. Preocupado, sin embargo, por su transmisión, consideró oportuno añadir una traducción al castellano. Desposeído de su obra, se lamentaba en 1585, a sus 85 años, de no saber nada de los dos manuscritos que, copiados en años diferentes, contenían la obra completa y que le habían sido confiscados y enviados a España. Afortunadamente, no desaparecieron y hoy disponemos de algunas magníficas ediciones. Se expone, a continuación, la recepción crítica que han recibido las obras de Sahagún, con algunos comentarios sobre su contenido y estructura.

Epístolas y Evangelios dominicales (c. 1540). En náhuatl, está en línea con otros textos dedicados a los evangelizadores que trataban de acercar la doctrina cristiana a los indígenas a través de traducciones al náhuatl. Fray Bernardino había comprendido que era necesario adecuar los textos cristianos a la mentalidad indígena, de ahí que no fuese una simple traducción del latín o del castellano, sino, como explica en el título, «no traducidos de sermonario alguno sino compuestos nuevamente a la medida de la capacidad de los indios» (D’Olwer, 1990: 40).

Tratado de la Retórica y Teología de la gente mexicana (c. 1547). En náhuatl, traducido al castellano por el padre Sahagún e incorporado en el libro VI de su Historia. Por primera vez tenemos constancia del interés de Sahagún por las culturas indígenas que tuvo a su alcance. Inicia la recopilación de información a través de la recopilación de códices y mediante preguntas a los más sabios ancianos indígenas. Hasta casi el final de su vida escribiría en náhuatl, ya que consideraba que era la única manera de captar la cultura indígena sin tergiversarla.

Coloquios y Doctrina cristiana con que los doce frailes de San Francisco enviados por el papa Adriano VI y por el emperador Carlos V convirtieron a los indios de la Nueva España. Escrita en náhuatl hacia 1564. Hay una edición facsimilar, realizada por Miguel León-Portilla, con traducción del náhuatl al castellano, en 1986. Un amplio estudio se puede ver en Morales (2002). El contenido, tal como indica García Quintana (2003: 208), era el siguiente: «El propósito de fray Bernardino era que este trabajo tuviera cuatro partes. La primera contendría precisamente las pláticas dichas; la segunda un catecismo y doctrina cristiana; la tercera la historia de la evangelización desde 1524 hasta el año de 1565, en que él escribía; la cuarta una Postilla o declaración de las epístolas y evangelios de las domínicas de todo el año. Después él mismo modificó esa estructura dejando de lado la parte de la historia de la evangelización porque Motolinía ya se había ocupado de ello, y para otro libro la de la Postilla. El libro de los Colloquios propiamente dicho, tenía treinta capítulos, el de la Doctrina christiana veintiuno».

Psalmodia Crhistiana. Fue el único libro que fray Bernardino consiguió publicar. Aunque escrita entre los años 1558 y 1561, con la ayuda de sus alumnos trilingües del Colegio de Santa Cruz, Sahagún la revisó en 1569. En el año 1578 se le concedió licencia para ser publicada, pero se desconocen los motivos de por qué no se llevó a cabo la impresión. Se trataba de un libro para ser usado por los indios, ya que eran «cantares» religiosos. Tal como indica Suárez Roca (1999: XX), se estructura en dos partes. Una breve introducción, Doctrina Christiana, que, a modo de pórtico, contiene salmos en los que se recogen las principales oraciones del culto cristiano, así como otros cantos sobre los mandamientos, las virtudes y los sacramentos. La segunda parte, titulada Psalmodia en lengua mexicana, es un conjunto de cantares en los que se celebran festividades de Cristo y la Virgen, siguiendo el calendario litúrgico. La mayor parte de los textos tienen un origen bíblico y, también, de hagiografías medievales. Para el lector actual la obra tiene el interés de su hibridez cultural, ya que en ella se realizan adaptaciones de elementos culturales indígenas al ámbito doctrinal cristiano y viceversa. Lo que llama la atención es que, a tenor de las disposiciones de la Inquisición en la Nueva España en 1576, que prohibían las traducciones bíblicas a lenguas indígenas, el libro se editase, ya que como indica Suárez Roca (1999: XVIII): «varios cantares de este libro, concebidos para ser difundidos entre los indios y presentados pública y ceremoniosamente, incluyen algunos pasajes bíblicos traducidos al náhuatl». La obra prácticamente no ha recibido atención de los críticos hasta los años finales del siglo XX, siendo destacables los estudios de Anderson (1990), Burkhart (1990) y Suárez Roca (1999), quien ha hecho una magnífica edición que incluye el texto náhuatl y su traducción al español (Sahagún, 1999).

Apéndice a la Postilla y Adiciones a la Postilla (1579). En náhuatl, contienen explicaciones sobre las virtudes teologales y descripciones del infierno, el cielo la muerte y el juicio final. Libros dedicados a los misioneros. En cuanto al Exercicio quotidiano obra de 1574, se trataba de oraciones y meditaciones a partir de pasajes evangélicos, que serían utilizados por los indígenas (Suárez Roca, 1990: XV). Ambos manuscritos fueron editados por Anderson (Sahagún, 1993), quien los tradujo al español. En cuanto al Arte Adivinatorio (1585) y el Calendario Cristiano (en torno a 1584-1585) hay un amplio estudio de Baudot(1974: 38-45). En relación al Manual del Cristiano (escrito hacia 1578), se trataba de una obra que trataba de orientar a los indígenas sobre el matrimonio. Se han conservado unos pocos folios de la obra y están traducidos al inglés por Anderson y Ruwet (1993).

Libro de la Conquista (1585). Se trata de una segunda versión del que había escrito hacia 1550, en este caso según los testimonios indígenas. Su transmisión textual ha sido compleja, como ha podido apreciarse en el apartado correspondiente.

En lo que se refiere a su obra fundamental, la Historia general de las cosas de Nueva España, se inicia en 1560, y para conocer esos primeros textos hay que acudir a los llamados Primeros Memoriales en náhuatl. Conservados en los Códices Matritenses del Palacio y de la Real Academia de la Historia, se trata de la primera versión de algunos capítulos de la que iba a ser su gran obra: la Historia. Fija el método, que podemos considerar científico, de la antropología, basado en las encuestas y preguntas a un seleccionado grupo de indígenas sabios, a los que interroga con un minucioso cuestionario sobre los más diversos aspectos de su cultura, sociedad y religión. Somete las respuestas a un proceso de decantación, analizando las coincidencias de las respuestas según diversas localizaciones. Escrito en náhuatl y con numerosas pinturas. Siempre contó con la colaboración de indígenas trilingües del Colegio de Santa Cruz para la laboriosa tarea de plasmarlo en los manuscritos.

Entre 1565 y 1569 llevó a cabo la redacción final de su Historia general de las cosas de Nueva España -en náhuatl, básicamente, con algunas partes en castellano-. Así describe Sahagún el nuevo manuscrito, en su «Advertencia al sincero lector»: «Van estos Doce Libros de tal manera trazados, que cada plana lleva tres columnas: la primera, de lengua española, la segunda, de lengua mexicana; la tercera, la declaración de los vocablos mexicanos, señalados con sus cifras. En ambas partes lo de la lengua mexicana se ha acabado de sacar en blanco todos Doce Libros. Lo de la lengua española y los escolios no está hecho, por no haber podido más por falta de ayuda y de favor. Si se me diese la ayuda necesaria, en un año o poco más se acabaría todo, y cierto que si se acabase sería un tesoro para saber muchas cosas dignas de ser sabidas». Muy poco tiene de lo que entenderíamos como proceso histórico del pueblo mexicano, más en lo que afecta a lo que sería la descripción de animales y plantas, y mucho sobre las creencias, costumbres y vida de los indígenas. Un testimonio que, a lo largo de los años, fray Bernardino fue recopilando, primero como medio para evangelizar y, luego, como un fin en sí mismo, al darse cuenta de que muy rápidamente los indios perdían su cultura y el conocimiento de la misma podía quedar en el olvido. Además de ser una obra etnográfica, lo fue en el plano lingüístico, ya que Sahagún tuvo ocasión de conocer y aprender bien el náhuatl y se impuso la tarea de trasmitirlo en toda su pureza, antes de que el mal uso del mismo lo fuese degradando. El contenido nos lo describe perfectamente el propio Sahagún en la introducción a la obra: «Escribí doce libros de las cosas divinas, o mejor dicho de las cosas idolátricas, y humanas y naturales de esta Nueva España: el primero de los cuales trata de los dioses y diosas que estos naturales adoraban; el segundo, de las fiestas con que los honraban; el tercero, de la inmortalidad del ánima y de los lugares donde decían que iban las almas desde que salían de los cuerpos, y de los sufragios y obsequios que hacían por los muertos; el cuarto libro trata de la astrología jurídica que estos naturales usaban, para saber la fortuna buena o mala que tenían los que nacían; el quinto libro trata de los agüeros que estos naturales tenían para adivinar las cosas por venir; el libro sexto trata de la Retórica y Filosofía Moral, que estos naturales usaban; el séptimo libro trata de la Filosofía Natural que estos naturales alcanzaban; el octavo libro trata de los señores y de sus costumbres y maneras de gobernar la república; el libro nono trata de los mercaderes y otros oficiales mecánicos y de sus costumbres; el libro décimo trata de los vicios y virtudes de estas gentes, al propio de su manera de vivir; el libro undécimo trata de los animales, aves y peces, y de las generaciones que hay en esta tierra, y de los árboles, yerba, flores y plantas, metales y piedras y otros minerales; el libro duodécimo se intitula la Conquista de México». Al escribirlo en náhuatl Sahagún pretendió reflejar de la manera más exacta posible aquella cultura, a través de los giros idiomáticos y vocabulario que los indios ancianos de los que se sirvió como informantes le facilitaban. Además, las múltiples pinturas que acompañan al texto ilustraban los testimonios de los informantes que, por otra parte, emitían sus informes basándose en las mismas. Las traducciones al castellano que terminó realizando Sahagún no lo son en un sentido literal, sino más bien como resumen y, a veces, acotaciones a lo expresado en el texto náhuatl, que sigue siendo el elemento fundamental de la información, junto con las pinturas. Para conocer las ediciones más antiguas de la Historia puede acudirse a D’Olwer (1990: 183-188): en el siglo XIX fueron diez, y otras doce entre 1900 y 1950, muchas de ellas de tipo parcial. Las dos versiones de Sahagún han recibido gran atención por parte de la crítica: en cuanto a los Primeros Memoriales hay que destacar los estudios de Anderson (1994 y 1999), Ballesteros Gaibrois (1964), Baird (1993), Hidalgo y Benito Lope (2013), y Malbrán Porto (2016); respecto al Códice Florentino, Favrot Petersen y Trerraciano (2019), Magaloni Kerpel (2014), Martínez (1982), Rao (2011) y Wolf, Connors y Waldman (2011). En relación al Códice Tudela, Batalla Rosado (1999) y una visión de conjunto de todos los manuscritos, Bustamante García (1990). Conviene señalar, por último, que tanto los Primeros Memoriales como el Códice Florentino tienen su propia personalidad. Como indica León-Portilla (2000: 731) con referencia a los códices Matritenses, «En ellos están las más antiguas transcripciones de lo obtenido en Tepepulco, Tlatelolco y México-Tenochtitlan. Estos textos fueron “lectura” indígena de pinturas como las que allí se conservan, derivada directamente de las de Tepepulco». Lo cual quiere decir que los Memoriales conservan los testimonios originales indígenas en náhuatl. En cambio, el Códice Florentinoañadió la versión de Sahagún «con su transvase al castellano y numerosos comentarios y explicaciones suyas, son interpretaciones tardías o lecturas de lo expresado en náhuatl». De la misma manera, «Las pinturas, muy numerosas, que se intercalaron en dicha versión no son en este caso las aportadas por los ancianos indígenas sino “lecturas” o interpretaciones de lo expresado en náhuatl, realizadas un tanto tardíamente por pintores influidos ya por el arte europeo». Como puede apreciarse de las palabras de León-Portilla, ambos códices se complementan.

La importancia de la obra de Sahagún va más allá de la práctica evangelizadora en sus libros doctrinales y, también, más allá de la recuperación de las culturas indígenas para conocimiento de las generaciones futuras. Lo significativo de que escribiese sus textos en náhuatl fue que, gracias a él, se pudo captar la esencia de un idioma y, de esa manera, la comprensión de una cultura. Es cierto que llegar a esos matices solo está al alcance de los hablantes nahuatlatos, pero a través de traducciones todos podemos apreciar la compleja realidad que fray Bernardino se empeñó en descifrar. Más allá de hacer una gramática o un diccionario, quiso presentar el náhuatl con toda su fuerza vital y, por eso, como indica en su Historia («Al lector», Libro VII): «de una cosa van muchos sinónimos, y una manera de decir y una sentencia van dichas de muchas maneras. Esto se hizo aposta, por saber y escribir todos los vocablos de cada cosa, y todas las maneras de decir cada sentencia». Se entenderá, pues, la razón por la que Sahagún escribía en náhuatl y el porqué las traducciones que él mismo hizo al castellano eran resúmenes: solo a través del náhuatl era posible una correcta interpretación de su mundo. Convencido de la trascendencia de una evangelización profunda -llegaría, con los años, a criticar, reiteradamente, la ingenuidad de los primeros predicadores que creían haber cristianizado en masa a los indios-, no menos admiró la cultura indígena, tan valiosa o más que la propia. Valgan, para finalizar, las sabias palabras de uno de los mejores conocedores de Sahagún, D’Olwer (1990: 173): «Si con nombre sugestivo se ha llamado “malinchismo” el deslumbramiento que lo exótico español produjo en el ánimo de muchos mexicanos, forzoso me parece constatar que también lo exótico indiano produjo a su vez en algunos españoles cierto deslumbramiento admirativo, que bien pudiéramos apellidar “sahagunismo”. Mientras en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco los hijos de los caciques se embebían en la cultura latino-cristiana, fray Bernardino de Sahagún, en Tlatelolco mismo y en otros lugares de Anáhuac, se compenetraba con la cultura indiana. Exósmosis y endósmosis espiritual, curioso mestizaje del alma más trascendente para el futuro de México que el propio mestizaje físico». Esa es, en efecto, la trascendencia de aquel fraile nacido en León y forjador, en América, de una nueva cultura mestiza.

 

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Responsable: González Boixo, José Carlos.
El Dr. José Carlos González Boixo es Catedrático de Literatura Española de la Universidad de León.

Revisión: Grupo de investigación LETRA.

Cómo citar y DOI del artículo: 
González Boixo, José Carlos, «Bernardino de Sahagún», Diccionario de autores literarios de Castilla y León (en línea), dir. y ed. María Luzdivina Cuesta Torre, coord. Grupo de investigación LETRA, León, Universidad de León, 2020. [En línea] < http://letra.unileon.es/ > [fecha de consulta]. DOI:  https://doi.org/10.18002/dalcyl/v0i24

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