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DOI: https://doi.org/10.18002/dalcyl/v0i20

LA PÍCARA JUSTINA

Nombre u obra homónima: Pícara Justina, Francisco López de Úbeda

Lugar de nacimiento: Toledo

Otros nombres: Francisco López de Úbeda, Baltasar Navarrete, Andrés Pérez, Bartolomé Jiménez Patón, Pícara Justina, Libro de entretenimiento de la pícara Justina

Geografia vital: Medina de Rioseco (Valladolid)

Año de nacimiento: 1520

Año de fallecimiento: 1650

Lengua de escritura: español -

Género literario: a:2:{i:0;s:16:"Libros de viajes";i:1;s:17:"Narrativa extensa";}

Movimiento literario: a:1:{i:0;s:7:"Barroco";}

Relaciones literarias y personales:

Temática: a:4:{i:0;s:8:"Burlesca";i:1;s:5:"Mujer";i:2;s:9:"Picaresca";i:3;s:6:"Viajes";}

Investigadores responsables: Mañero Lozano, David -

Por David Mañero Lozano

Biografía

No existen hasta la fecha datos concluyentes que permitan conocer la identidad de Francisco López de Úbeda, nombre de dudosa fiabilidad atribuido al autor de La pícara Justina desde su primera edición (Medina del Campo, 1605). Según indica la portada, el libro fue «compuesto por el Licenciado Francisco de Úbeda, natural de Toledo», información reiterada en los preliminares de la obra, que aluden nuevamente al escritor incluyendo el apellido López y el mencionado título de licenciado en el privilegio (Mañero Lozano, 2012a: 166), en la aprobación (Mañero Lozano, 2012a: 169) y en la dedicatoria a don Rodrigo Calderón y Sandelín (Mañero Lozano, 2012a: 170).

Carecemos, sin embargo, de otras informaciones o testimonios significativos asociados a este nombre, ya sean de índole biográfica o referidos a su producción intelectual. De este modo, en fechas contemporáneas al autor, Cervantes le dirige unos versos del Viaje del Parnaso (1614) en los que, a propósito de una batalla figurada entre escritores, bien fuese por desconocimiento o por sospechas de falsedad, lo retrata de forma anónima: «Haldeando venía y trasudando [‘sofocado’] / el autor de La Pícara Justina, / capellán lego del contrario bando […]» (1990: 155-156.).

En cuanto a la alusión a las «haldas» y el apelativo de «capellán lego», que ha suscitado distintas interpretaciones por parte de la crítica, Rodríguez Marín anota con prudencia: «lo de capellán lego parece indicar que el autor no era eclesiástico; y no se imagine que el venir haldeando y el llamársele capellán sean circunstancias que le pinten necesariamente como hombre de iglesia» (Cervantes, 1935: 359, n. 40.).

En cualquier caso, a la luz del propio texto de La pícara Justina, estas palabras podrían entenderse sencillamente como una referencia a la «conmistión» -‘mezcla’- de «vanidades» y «santidades» (Mañero Lozano, 2012a: 180) con las que el autor presenta su obra, en la que se abordan «cosas tan profanas con algunas cosas útiles y provechosas […] enseñando virtudes y desengaños» (Mañero Lozano, 2012a: 179).

Por otro lado, la falta de datos sobre la identidad real de López de Úbeda dio lugar a especulaciones desde las primeras aportaciones críticas. Así, en su Bibliotheca Hispana Nova (1672), Nicolás Antonio conjetura que el nombre de «López de Úbeda» fue empleado como seudónimo por el dominico leonés Andrés Pérez, conocido por obras como la Historia de la vida y milagros del glorioso Sant Raymundo de Peñafort(Salamanca, 1601), los Sermones de Cuaresma (Valladolid, 1621) y el Tomo segundo de los sermones de los santos (Valladolid, 1622). Los argumentos expuestos por Nicolás Antonio se reducen a las escasas líneas de la entrada dedicada a «Franciscus de Ubeda, Toletanus» en la mencionada obra: «Audio tamen Dominicani cujusdam sodalis hunc librum esse prolem» (Antonio, 1996: I, 494), es decir, «Oigo, sin embargo, que este libro es hijo de cierto dominico»; a lo que se añade en la voz dedicada a F. Andreas Pérez: «Fertur apud suos auctor esse et illius libelli, quem Fancisco Ubedae Toledano typi adjudicant, La Pícara Justina nuncupatum, cum liceret sic per aetatem insanire» (Antonio, 1996: I, 82), a saber: «Entre los suyos se dice que él es autor también del librillo de título La pícara Justina, que la imprenta atribuye a Francisco Úbeda Toledano, al haber podido perder el juicio a causa de la edad».

A pesar de la falta de evidencias que refrenden esta propuesta, la autoridad del bibliógrafo sevillano fue acatada en la edición de la obra publicada en Madrid por Juan de Zúñiga en 1735, en la que se ofrece una «Noticia del verdadero autor de la vida de Justina Díez, y juicio de esta novela» (sign. ¶2r-¶3r). Se trata de un prólogo sin firma, más tarde reimpreso a nombre Mayans y Siscar, quien sostiene la opinión de que Fr. Andrés Pérez ocultó su identidad bajo el seudónimo de Francisco López de Úbeda por temor a comprometer sus vínculos con la Iglesia. Su hipótesis está basada en esta frase de la obra: «Solo os pido que, si llegare un Pérez de Guzmán el Bueno, os rindáis a su grandeza, acompañada de su hidalga intención y noble proceder, que ni por Pérez tendrá pereza en haceros bien, ni por Guzmán le será nuevo el usar de cortesía» (Mañero Lozano, 2012a: 261). La interpretación del pasaje en cuestión es la siguiente: «Palabras que, parece, dan a entender que Pérez es el que habla; Pérez, digo, de Guzmán el Bueno, esto es, en buen romance y sin rodeo, fraile dominico. Fue pues atención a su santo instituto ocultar su nombre en este juguete (según él le llama) que hizo siendo estudiante en Alcalá» (sign. ¶2r). Como podrá apreciarse, a Mayans y Siscar le pasó desapercibido el sentido más directo y elemental de «un Pérez de Guzmán el Bueno» como mera referencia al prototipo de nobleza representado por Alonso Pérez de Guzmán.

La atribución a Andrés Pérez contó con el respaldo de otros estudiosos como Puyol y Alonso (1912: III, 62-93), Canal (1926) y Menéndez Pelayo (1941). El primero de estos, a quien debemos una monumental edición anotada que sirvió como punto de partida a todos los editores posteriores de La pícara Justina, basó su juicio en los conocimientos sobre León transmitidos en la obra, en los que más adelante nos detendremos. Como argumento adicional, Puyol y Alonso se apoya en el léxico y la fraseología empleados, que, según el estudio más tarde publicado por Díez-Echarri y Roca Franquesa (1960), presenta «giros y un léxico análogos» a los empleados en los Sermones de Fr. Andrés. Sin embargo, la fiabilidad de estos indicios, en ningún caso refrendados por pruebas documentales, comenzó a cuestionarse a raíz de acercamientos interpretativos como los de Bataillon (1969: 39), quien llamó la atención sobre las reiteradas burlas vertidas por el autor de La pícara Justina sobre la Vida de San Raimundo de Peñafort de Fr. Andrés Pérez.

En paralelo a esta primera hipótesis de atribución al fraile dominico, desde 1895, fecha en la que Pérez Pastor informó de un documento alusivo al «Licenciado Francisco López de Úbeda, médico, natural y vecino de la ciudad de Toledo», comenzó a contemplarse factible la autoría indicada en la portada de la obra. Unido a esto, el estudioso aporta datos referidos al nombre de los progenitores de este sujeto (Luis López de Úbeda y María de Contreras), además de documentar el casamiento en 1590 del médico en cuestión con Jerónima de Loaisa, información que procede de una capitulación de dote extraída del Protocolo de Juan Calvo (Pérez Pastor, 1992: 478b). El hallazgo de este testimonio tuvo escasa repercusión entre los especialistas, al menos hasta que, en 1969, la misma fecha de publicación del mencionado libro de Bataillon en el que se pone duda la autoría de Antonio Pérez, la historiadora Agulló y Cobo aportó nuevos datos que completaban la supuesta biografía del autor de la Pícara Justina. En particular, esta investigadora transcribe varios documentos en los que se constata que Francisco López de Úbeda contrajo matrimonio en primeras nupcias con Isabel Barrientos y, en 1586 y 1593, tuvo dos hijos llamados Maximiliano y Francisco con sus respectivas esposas (Agulló y Cobo, 1969: 66-67).

Esta propuesta habría tenido mayor aceptación de no ser por un nuevo y valiosísimo hallazgo debido a Rojo Vega (2004), quien encontró un documento notarial fechado el 18 de abril de 1605 en el que se certifica la intervención del dominico Baltasar Navarrete en calidad de propietario de los derechos de edición de La pícara Justina, que cedió al librero Diego Pérez, quien a su vez los vendió a otro librero vallisoletano llamado Jerónimo Obregón. De esto deduce Rojo Vega que el individuo en cuestión fue el autor de la novela. El descubrimiento fue acogido con entusiasmo por importantes especialistas. Es el caso de Blasco, quien, a propósito de esta nueva atribución, dedujo que Baltasar de Navarrete compuso tanto la Pícara Justina como el Quijote apócrifo, hipótesis que basa en la existencia de una serie de rasgos compartidos tanto en el plano lingüístico como en las referencias culturales (Blasco, 2005a, 2005b y 2007). La cuestión dio lugar a un interesante debate metodológico alimentado por Martín Jiménez (2007) y Madrigal (2009), en el que se examinó el alcance de las herramientas empleadas en las propuestas de atribución de varias obras a un mismo escritor.

Conocemos, sin embargo, en fechas próximas a las que nos ocupan, otros casos en los que un individuo distinto al autor fue propietario del privilegio de impresión de una obra y ejerció la potestad de venderlo. Sirva como ejemplo, del que me informó Antonio Carreira, el caso de Juan de Salierne, quien cedió el derecho de impresión de las obras de Góngora a López de Vicuña.

Así las cosas, algunos críticos, como Torres, consideran que la función desempeñada por Baltasar de Navarrete fue la de «apoderado o comanditario del libro» (2009a: 24), es decir, la persona a la que el autor confió los derechos de impresión y venta de la obra. Por otro lado, Torres (2009a) propone la identificación del nombre empleado en la portada y preliminares de La pícara Justina con algunos de los numerosos estudiantes matriculados con nombres similares en las universidades con las que presumiblemente estuvo relacionado el autor del libro. Tras descartar por motivos cronológicos a cuatro estudiantes llamados Francisco López, el crítico propone asociar al autor con otro individuo de nombre Francisco López de Toledo, quien se matriculó durante cuatro años (1580-1585) en el listado de medici de la Universidad Complutense. Unido a esto, el crítico lo relaciona con «el licenciado Úbeda», residente en Villamayor, localidad cercana a Ocaña (Toledo), que ejerció como médico desde 1605 hasta 1616. En su opinión, podrían existir también conexiones con otro «Licenciado Úbeda», de quien consta que metió en pleito a un alguacil mayor por el modo de cocer el pan, y con otro individuo implicado en asuntos similares, además de un sujeto llamado «Francisco López de Úbeda, mercader toledano prestamista en 1557», quien, según una addenda a su trabajo, «bien pudiera ser el mismo» (Torres, 2009b: 5). A esta nómina se sumarían con un criterio similar «tres diferentes Francisco López de Úbeda» también identificados con el autor por Bartolomé Mateos (1998a: 136). En un estudio posterior, Torres (2019) amplía su radio de estudio a las relaciones entre el autor de la obra y otros muchos individuos presumiblemente judeoconversos apellidados Úbeda, López de Úbeda, Sánchez de Úbeda y Pérez de Úbeda de Toledo. A falta de mayores certezas, el trabajo finaliza proponiendo, bien que «sin querer, ni poder, llegar tan lejos», la existencia de un «sujeto colectivo» de identidad «judeoconvers[a], como matriz mental y conceptual del ente literario llamado Libro de entretenimiento de la pícara Justina» (Torres, 2019: 259).

Es de notar, en cualquier caso, que en ninguno de los documentos alusivos a todos estos bachilleres, licenciados, médicos y mercaderes homónimos se menciona la Pícara Justina ni hay tampoco referencia alguna a actividades asociadas a la creación literaria. El único dato externo relevante nos lo aporta, por tanto, el documento descubierto por Rojo Vega. En efecto, no existe ningún testimonio más en el que se vincule el libro con un nombre en particular, con lo que solo tenemos constancia de la posible relación del autor con Baltasar Navarrete. Contamos, por otra parte, con una serie de indicios que parecen manifestar la pertenencia del autor al círculo de escritores de Toledo que gravitaron en torno a la figura de Lope de Vega, cuestión que ha sido tratada con cierto pormenor por Mañero Lozano (2012a: 41-53).

 

Producción literaria

Según la información ofrecida en el pie de imprenta de la edición príncipe, el Libro de entretenimiento de la pícara Justina fue publicado en 1605 bajo la autoría de Francisco López de Úbeda, escritor de quien no existen noticias que nos permitan conocer su perfil biográfico o intelectual con un mínimo de fiabilidad filológica.

No es posible, por tanto, precisar sus relaciones literarias o personales, si bien contamos, como indiqué arriba, con algunos datos que apuntan hacia su posible vinculación con el grupo de escritores de Toledo relacionados con Lope de Vega.

La pícara Justina se adscribe de modo explícito al género de la novela picaresca, cuyos rasgos adopta con la finalidad de subvertir esta fórmula literaria. Así queda de manifiesto en el propio título de la obra, donde se identifica como «pícara» a la protagonista, y en el grabado de «la nave de la vida pícara» inserto en la primera edición, en el que se representa a Justina junto a Lazarillo y Guzmán dentro de un marco alegórico no exento de elementos paródicos (Mañero Lozano, 2012a: 64-67). Por lo demás, el recurso al esquema autobiográfico y la condición picaresca del personaje protagonista, además de otros elementos característicos del Lazarillo de Tormes y el Guzmán de Alfarache, son también asumidos con objeto de cuestionar con mayor eficacia la propuesta literaria representada por estas obras.

Describir el hilo argumental o los principales ejes temáticos de La pícara Justina es tarea tan compleja como alejada de la concepción digresiva e inorgánica que guía el desarrollo narrativo de sus páginas (Cuenca-Godbert, 2015). Como indica de un modo programático la propia narradora: «pienso yo que la bondad de una historia no tanto consiste en contar la sustancia della cuanto en decir algunos accidentes, digo acaecimientos transversales, chistes, curiosidades y otras cosas a este tono, con que se saca y adorna la sustancia de la historia» (Mañero Lozano, 2012a: 825).

Me parece oportuno destacar, en cualquier caso, dentro del contexto de este Diccionario de Autores Literarios de Castilla y León, el origen leonés con el que se caracteriza a la protagonista, natural de Mansilla de las Mulas, así como el episodio en el que esta visita y describe la ciudad de León y otras localidades próximas.

Según se indica ya en el poema que encabeza el capítulo dedicado por la pícara a relatar las ocupaciones de sus padres, estos ejercieron su trabajo de mesoneros en Mansilla, con lo que se hace referencia a la localidad de Mansilla de las Mulas, perteneciente a la comarca del Valle de Mansilla (León, España). A este propósito, Puyol y Alonso (1912: III, 272, n. 18) recuerda que, en las fechas a las que el texto se remonta (y hasta la construcción del ferrocarril), este pueblo era paso obligado en el camino desde Madrid hasta Asturias, lo que explica la abundancia de posadas y de mesones como el que sirve de escenario a las memorias de la protagonista.

La mención a la localidad de Mansilla, al igual que otras tantas referencias a las que se ha dado explicación en clave, fue interpretada por Bataillon como una alusión indirecta a la ciudad de Valladolid, donde residía la corte en la época en la que se escribe la obra. Esta conjetura se incardina dentro de la lectura de la novela como recreación burlesca del viaje que Felipe III había realizado «dos años antes […] a la antigua capital de los reinos de León y Castilla» (Bataillon, 1969: 230).

En cualquier caso, conviene señalar que las referencias a Mansilla funcionan por sí mismas en el texto, sin necesidad de acudir a explicaciones basadas en el contexto. En este sentido, resulta notorio el potencial ofrecido por el nombre para caracterizar el origen humilde de la pícara, que enlaza con el de sus predecesores de Tormes y de Alfarache. Apenas es mencionada la localidad por la narradora, esta aprovecha para introducir la siguiente etimología burlesca: «Pusieron mesón en Mansilla, que después se llamó “de las Mulas” por una hazaña mía que tengo escrita abajo. Es pueblo pasajero y de gente llana del reino de León, aunque pese al refrán que dice: “Amigo de León, tuyo seja [‘sea’], que mío non» (Mañero Lozano, 2012a: 354).

La «hazaña» aludida es el «cuento del carro y de las mulas, que por esta causa, desde entonces, llamaron a mi pueblo Mansilla de las Mulas, que hasta entonces no se llamaba más que Mansilla a secas» (Mañero Lozano, 2012a: 534). Este es uno de tantos chistes con los que Justina ridiculiza la práctica totalidad de las referencias culturales integradas en su narración, cuya razón de ser se justifica en primera instancia por las posibilidades de recreación humorística que estas ofrecen. Por lo demás, es sabido que el sobrenombre de Mansilla se debe a la feria de ganado celebrada en esta localidad (Puyol y Alonso, 1912: III, 272, n. 18).

Al igual que sucede con la etimología, también es invención de la pícara el dicho aducido en esta última cita, Amigo de León, tuyo seja, que mío non. Así lo pone de manifestó Puyol y Alonso (1912: III, 257), quien señala como modelo el siguiente refrán explicado en el Vocabulario de Gonzalo de Correas: «Amigo de Villalón, tuyo sea y mío non. Porque dicen ser gente recatada e interesal; más creo que el consonante dio ocasión al refrán». Además de este pasaje, encontramos juegos de palabras basados en la supuesta falta de honra de los habitantes de Mansilla, que, dicho sea de paso, aparece escrita con la forma Manzillaen los originales de la primera edición, tal vez de modo intencionado (Mañero Lozano, 2012a: 987, n. g).

En cuanto a la descripción de Mansilla de las Mulas, a su entrada a la localidad, Justina menciona la plaza del pueblo y los sembrados que lo rodean. Más adelante, se refiere también a la distancia a la que se encuentra de León: «La ciudad de León está solas tres leguas de mi pueblo, aunque hay en medio un mal paréntesis de un puertecillo» (Mañero Lozano, 2012a: 543).

Además de esta localidad leonesa, durante su etapa de romera, Justina menciona Arenillas, «un pueblo que cae junto a Cisneros», a propósito del cual Puyol y Alonso (1912: III, 277, n. 26) dedujo que se refiere a «un despoblado de la provincia de Palencia, partido judicial de Frechilla». A esto añade que «La iglesia parroquial hállase convertida en santuario, bajo la advocación del Cristo de Arenillas, y no dudamos que la romería que en la Pícara se describe se celebraba en honor de este Cristo». Así describe Justina sus primeras impresiones en la romería de Arenillas: «Holgueme de ver en campo raso tantos campesinos que me olían a camisa limpia, que son los ámbares de aquella tierra» (Mañero Lozano, 2012a: 430).

El periplo de Justina encamina más tarde sus pasos a Medina de Rioseco, localidad perteneciente a la provincia de Valladolid que disfrutó de cierta importancia en el comercio textil. Como en el resto de casos mencionados, esta población fue interpretada en clave por Bataillon, quien la identifica con la ciudad de Madrid (1969: 137-150), a lo que encontramos réplica en Martínez Fernández (1982: 134).

Cabe también señalar algunas referencias puntuales a otras localidades como Villada, perteneciente a Tierra de Campos (Palencia), de la que se destaca su mercado; y el puente de Villarente, «que es legua y cuarto de Mansilla» (Mañero Lozano, 2012a: 550), mencionado por la pícara durante su recorrido hasta la ciudad de León.

En el segundo de los libros que estructuran la obra, la protagonista emprende un viaje a León que, según Bataillon (1969: 62), ofrece una lectura en clave «como una crónica burlesca, indirecta y alusiva, del viaje de Felipe III a León (1602)». De cualquier modo, la visita a esta ciudad es aprovechada por Justina para engrosar el repertorio de comentarios chistosos que jalonan su delirante relato. Una de las descripciones más burlescas es la dedicada al convento de San Marcos: «Mirad, esta iglesia, como está tan junto al río, débenla de lavar a menudo; y ahora, como la han puesto a secar, sécanla por el derecho, que, en estando enjuta, volverán la haz hacia dentro, como a ropa seca» (Mañero Lozano, 2012a: 731). El comentario, a juicio de Bataillon (1969: 129), es una crítica del modelo arquitectónico opuesto a la sobriedad de las fachadas e interiores ornamentados del gótico mudéjar de las sinagogas toledanas y del estilo mudéjar andaluz.

Por otra parte, se introducen referencias a los nombres de las calles que conducen hasta la catedral de León, a la que se denomina la Iglesia Mayor: «la que yo sudé en ir por la calle de Santa Cruz, plaza y calle Nueva, a la Iglesia Mayor, no fue poca, porque el calor era mucho y el trecho no poco» (Mañero Lozano, 2012a: 588). A propósito de este monumento, Justina comenta: «al pie del patio (que es el paseo de los señores de la iglesia), está la fuente que llaman de Regla», a lo que sigue una descripción en la que la pícara aprovecha nuevamente para encajar varios chistecillos: «Es bien galana, tanto que pensé que era el carro del día del Corpus adornado de varios gallardetes y banderolas. Noté que estaba notablemente envejecida la portada, más que ninguna otra parte de la iglesia, y pensé que la causa era porque todas las viejas gastan más de boca que de ninguna otra parte […]» (Mañero Lozano, 2012a: 590). Ni siquiera las famosas vidrieras de la catedral escapan a los comentarios jocosos de Justina: «De otras iglesias dicen que parecen una taza de plata; de aquella, puédese decir que no solo parece, sino que es una taza de vidrio, que se puede beber por ella» (Mañero Lozano, 2012a: 590).

La contemplación de la catedral le permite también a la pícara describir, entre otros ritos, la celebración de la danza de las «cantaderas», que rememora la leyenda según la cual los reyes de León fueron condenados a pagar cada año cien doncellas como tributo a los moros.

La narración ofrece, en definitiva, una prolija representación de León, circunstancia que, a primera vista, manifiesta la familiaridad del autor con la ciudad. Sin embargo, cabría también sospechar que este exceso de detalles delata la procedencia libresca de las fuentes de información. Así lo han juzgado incluso algunos críticos convencidos del «realismo» de la obra: «Lo cierto es que el autor […] no pudo presenciar la fiesta [de las Cantaderas]. Parece fuera de duda que los datos proceden de la obra del Padre A. Lobera titulada Historia de las grandezas de la muy antigua e insigne ciudad y Iglesia de León (Valladolid, 1596), a la que el autor de La Pícara Justina sigue muy de cerca» (Martínez Fernández, 1982: 127). Es de notar, por otro lado, que la narración del itinerario de Justina contiene imprecisiones (Puyol y Alonso, 1912: III, 314-315, n. 91), como la mención del palacio del Conde Fernán González (Mañero Lozano, 2012a: 754), cuya existencia no está documentada. En cualquier caso, no cabe duda del interés del texto como testimonio del conocimiento y de los estereotipos culturales de las localidades castellano-leonesas aludidas.

 

Tradición textual

Ilustración de la editio princeps

Ilustración de la editio princeps, inserta en posición variable, según los ejemplares. Reproducida del ejemplar de Madrid, Biblioteca Nacional: Cerv. Sedó-8723.

A juzgar por la información ofrecida en la portada, de dudosa fiabilidad, el Libro de entretenimiento de la pícara Justina fue publicado por vez primera en 1605 a cargo del impresor Cristóbal Laso Vaca, instalado en la localidad vallisoletana de Medina del Campo. Sin embargo, el empleo de tres paginaciones sucesivas, así como las peculiaridades tipográficas que diferencian la primera y tercera sección numerada de la segunda, nos llevan a deducir que la obra fue estampada con la colaboración de dos talleres de impresión (Bataillon, 1969: 34; Micó, 1994: 832, n. 20; y Mañero Lozano, 2012a: 13-16). Con bastante probabilidad, esta circunstancia se debe a que el editor de Medina del campo decidió recurrir a otro colega, posiblemente salmantino (Mañero Lozano, 2012a: 15), con el fin de agilizar el proceso de comercialización del libro.

De esta primera edición conocemos un total de 16 ejemplares, que enumeramos seguidamente con indicación de las bibliotecas en las que se han conservado:

  • Buenos Aires, Biblioteca Nacional: FD 232 (R 771);
  • Londres, British Library: General Reference Collection C.82.b.7;
  • Madrid, Biblioteca Nacional: R-8457;
  • Madrid, Biblioteca Nacional: Cerv. Sedó-8723;
  • Madrid, Biblioteca Nacional: R-9128;
  • Madrid, Biblioteca Nacional: R-11463;
  • Madrid, Biblioteca Nacional: 7/16155;
  • Madrid, Fundación Lázaro Galdiano: R 9-3-16;
  • Nueva York, The Hispanic Society of America;
  • Oviedo, Biblioteca de la Universidad de Oviedo: A 233;
  • París, Bibliothèque nationale de France: RES P-Y2-231;
  • Cambridge, Massachusetts, Harvard University: HOU GEN *SC6 P5807 605ℓ;
  • Roma, Biblioteca Universitaria Alessandrina (Università «La Sapienza» Roma): Fondo Caetani N.g.79;
  • Río de Janeiro, Fundação Biblioteca Nacional: 132, 2, 6;
  • Santander: Biblioteca Menéndez Pelayo;
  • Viena, Biblioteca Nacional de Austria: 74.H.96.

Con asombrosa rapidez, en el mismo año de 1605, se imprime una segunda edición con formato de octavo a cargo del taller barcelonés de Sebastián Cormellas. Según su práctica habitual, este impresor alteró el título de la obra, que pasó a denominarse La pícara montañesa llamada Justina.

Los ejemplares de esta edición de los que tengo constancia son los siguientes:

  • Barcelona, Biblioteca Pública Episcopal del Seminari de Barcelona: R. 93.052;
  • Berkeley, The Bancroft Library (University of California): PQ6420. P5 1605;
  • Berlín, Staatsbibliothek zu Berlin: 8″ Xl 3222;
  • Copenhague, The Royal Library: Magasin Fjernmagasin (177:1, 241 02072);
  • Dijon, Bibliothèque municipale: 8170;
  • Gerona, Biblioteca Josep Pla. Palafrugell: 860“16” LOP;
  • Madrid, Biblioteca Nacional: Cerv. Sedó-8759;
  • Madrid, Fundación Lázaro Galdiano: R 7-11-5;
  • Madrid, Fundación Lázaro Galdiano: R 9-1-3;
  • Nueva York, The Hispanic Society of America;
  • París, Bibliothèque nationale de France: Y2-72000;
  • Versalles, Bibliothèque municipale: F.A. in-8 E 375 E;
  • Versalles, Bibliothèque municipale: Morel Fatio B 204;
  • Versalles, Bibliothèque municipale: F.A. in-8 E 375 E.

En 1608, Olivero Brunello imprime en Bruselas la tercera edición, compuesta también en octavo, en la que esta vez se mantiene el título empleado en la editio princeps. Los ejemplares de esta edición conservados superan con creces a los de las anteriores:

  • Angers, Bibliothèque municipale: BL 2740;
  • Barcelona, Biblioteca de Catalunya: 9-I-7;
  • Barcelona, Biblioteca de la Universitat Pompeu Fabra: PQ6420. P5 1608;
  • Berlín, Staatsbibliothek zu Berlin: 8″ Xl 3223;
  • Berkeley, The Bancroft Library (University of California): PQ6420. P5 1608;
  • Berlín, Staatsbibliothek zu Berlin: 8″ Xl 3223; Bruselas, Bibliothèque Royale de Belgique: II 13.837 A (RP);
  • Bruselas, Bibliothèque Royale de Belgique: VB 6.907 A (RP);
  • Copenhague, The Royal Library: Magasin Fjernmagasin (177:1, 241 02073);
  • Edimburgo, National Library of Scotland: PCL.680;
  • Florencia, Biblioteca Nazionale Centrale di Firenze: MAGL.3.5.196;
  • Le Mans, Médiathèque Louis Aragon: BL 8* 3440;
  • Lisboa, Biblioteca Nacional de Portugal: L. 6509 P;
  • Lisboa, Biblioteca Nacional de Portugal: L. 18133 P;
  • Madrid, Biblioteca Central de la UNED: F.A. 107;
  • Biblioteca Histórica Municipal de Madrid: R-594;
  • Madrid, Biblioteca Nacional: Cerv. Sedó-8722;
  • Madrid, Biblioteca Nacional: Cerv. Sedó-8729;
  • Madrid, Biblioteca Nacional: R-224;
  • Madrid, Biblioteca Nacional: R-2800;
  • Madrid, Biblioteca Nacional: R-10169;
  • Madrid, Biblioteca Nacional: R-27438;
  • Madrid, Biblioteca Nacional: R-30670;
  • Madrid, Biblioteca Nacional: U-1742;
  • Madrid, Biblioteca de la Real Academia Española: Sala de académicos 21-XI-35;
  • Madrid, Fundación Lázaro Galdiano: R 7-10-11;
  • Madrid, Fundación Lázaro Galdiano: R 7-10-20; 27)
  • Moscú, Rusia State Library: Запись№6; 28)
  • Oviedo, Biblioteca Central de la Universidad: CEA-452; 29)
  • París, Bibliothèque nationale de France: Y2- 11222;
  • París, Bibliothèque nationale de France: Y2- 71999;
  • París, Bibliothèque nationale de France: RES P-Z-1190;
  • París, Bibliothèque nationale de France: 8- BL- 29626;
  • París, Bibliothèque nationale de France: 8- BL- 29627;
  • Roma, Biblioteca Nazionale Centrale Vittorio Emanuele II: 6. 27.G.45;
  • Rouen, Bibliothèque Villon: O 2454;
  • Valencia, Biblioteca Municipal Central de Valencia: S/331;
  • Viena, Biblioteca Nacional de Austria: 38.W.23;
  • Vitoria, Seminario Diocesano, Facultad de Teología: LE-21149.

La última de las ediciones de La pícara Justina publicadas en el s. XVII se imprimió en 1640, nuevamente en Barcelona, a cargo de Pedro Lacavallería, quien emplea como modelo la anterior edición impresa en la misma ciudad. La relación de ejemplares conservados y otros detalles bibliográficos pueden consultarse en Mañero Lozano (2012a: 90-91). Remito asimismo a Mañero Lozano (2010 y 2011), donde se ofrece un estudio bibliográfico y textual de la obra.

Recepción socio-literaria

La publicación de La pícara Justina logró una repercusión inmediata, sin duda favorecida por el interés suscitado por todas las aportaciones relacionadas con el género de la novela picaresca. Así sucedió incluso con aquellas obras que, como esta, se concibieron con la finalidad de cuestionar, o incluso parodiar, la fórmula representada por el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán.

Muestra de la popularidad del personaje de Justina es la difusión, en el mismo año de publicación de la edición príncipe, de un pliego suelto en el que se trata sobre las bodas de Guzmán de Alfarache con la pícara (Blecua, 1977). En otro orden de cosas, La pícara Justina introdujo un modelo de personaje femenino que será recreado en varias obras de la época, asunto que ha recibido una atención específica por parte de la crítica (Vicente Baldrich, 2016: 24-46). Este es el caso de La hija de Celestina (1612) de Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo, con una segunda redacción titulada La ingeniosa Elena, en la que, al margen de otras influencias genéricas, se concede el protagonismo a una pícara inspirada en el personaje de Justina. A esta obra se suma, dentro del repertorio de Castillo Solórzano, La niña de los embustes, Teresa de Manzanares (1632), que inserta una serie de motivos paralelos, como los consejos vitales dados a Teresa por su madre, que remedan los aprendidos por Justina de su padre, a lo que se añaden otras correspondencias caracterológicas. A partir de estas obras, el personaje de la pícara cobrará autonomía en diversas narraciones muy alejadas de la fórmula autobiográfica característica de la novela picaresca, además de proyectar su influencia más allá de la tradición hispánica (Krebs, 1989; Bartolomé Mateos, 1998b; Garbisu Buesa, 2008; etc.).

Dentro del apartado dedicado a la recepción socio-literaria de la obra, son también significativas las traducciones y adaptaciones realizadas en Italia, Alemania, Francia e Inglaterra, que nos ofrecen datos muy relevantes sobre la repercusión e interpretación del texto.

En 1624 y 1625, el editor, traductor y escritor Barezzo Barezzi publica en Venecia una adaptación al italiano en sendos volúmenes, reeditada en 1628 y 1629. La mera transcripción del título ilustra el enfoque con el que Barezzi percibe los contenidos y aportaciones de la obra. Así, el primero de ellos reza Vita della Picara Giustina Diez; Regola degli animi licentiosi, in cui con gratiosa maniera si mostrano gl’inganni, che hoggidì frequentemente s’usano; s’additano le vie di superarli; e si leggono sentenze gravi, documenti morali, precetti politici, avvenimenti curiosi, e favole facete, e piacevoli. Por su parte, el segundo volumen ofrece una interesante descripción que también merece la pena reproducir: Della vita della Picara Giustina Diez. Volume secondo, intitolato La dama vagante, saggia ne’ detti, gratiosa nel conversare, gentile nello schernire, vivace nel motteggiare, pronta nell’inventare, accorta nell’ingannare, svegliata nel adormentare, segretaria nello scrivere, presta nel prendere, e non mai rendere; et ingegnosa nel raccontar a tempo, e sotto finti sembianti, dicerie, e avvenimenti notabili, con sentenze, e detti singolari. Lettione veramente grave, curiosa, picante, lieta, e utile […].

El enorme esfuerzo invertido en esta adaptación de la obra, bien estudiada por Aragone (1961) y Bodenmüller (2001), refleja el interés suscitado por la denominada novela picaresca desde fechas muy tempranas. Recordemos que Barezzi se había ocupado previamente de traducir y editar las dos obras de cabecera del género. Así, la versión italiana de la primera parte del Guzmán de Alfarache se publica en 1606; y, en 1615, logra ofrecer la obra completa, a lo que seguirá la impresión en 1622 de Vita del Picaro Gusmano d’Alfarace y una serie de reediciones de ambas novelas.

Entre otras aportaciones destacables de Barezzi, este elabora una minuciosa tabla de contenidos que incluye más de trescientas entradas referidas a cuestiones muy diversas que abarcan tanto los temas, como los episodios, tópicos, nombres y fraseología. Estos datos, unidos a la redacción de sumarios que encabezan cada sección de la obra, ponen de relieve la importancia concedida por el editor a la obra traducida, que recibe el tratamiento de un texto clásico. Por lo demás, consciente del carácter misceláneo de La pícara Justina, el traductor no tiene empacho en interpolar excursos de muy diversa naturaleza (Bodenmüller, 2001: 219-226; y 339-343; y Rando, 2016).

Esta adaptación italiana fue el modelo de la versión en alemán Die Landstortzerin Iustina Dietzin Picara genandt, que se publicó de forma anónima en 1626 y 1627 a cargo de Johann Friedrich Weiss. Si ya de por sí la traducción de Barezzi se apartaba notablemente del original español, la alemana se desprende de otras muchas referencias culturales que no eran familiares para los lectores germanos. En cualquier caso, la adaptación tuvo una buena acogida durante todo el siglo, en gran medida debido a la existencia de un amplio público que ya conocía la versión alemana de la obra de Mateo Alemán, aparecida en Múnich en 1615 y reeditada al menos nueve veces a lo largo del s. XVII (Altenberg, 2001: 130, n. 2), además de las traducciones del Lazarillo de Tormes y de la continuación antuerpiense de 1555, publicadas en 1617.

Los lectores franceses también pudieron acceder en su lengua a La pícara Justina, gracias a la edición aparecida en 1635 en las prensas parisinas de Anthoine de Sommaville, que contó con reediciones en 1636 y 1646. Al igual que las traducciones antes comentadas, La narquoise Justine, lecture pleine de récréatives aventures et de morales railleries, contre plusieurs conditions humaines ofrece una adaptación libre en la que se prescinde de muchos de los elementos originales de la obra (Torres, 2007: 151-155).

En cuanto a la difusión del texto en Inglaterra, este fue adaptado al inglés en 1707 con el título The Spanish Jilt, dentro del volumen The Spanish Jilt traducido por John Stevens, en el que también se lleva a cabo un esfuerzo de adaptación al público lector (Murillo Murillo, 1990 y 1998; y Bodenmüller, 2001: 279-331). Según se advierte en el prefacio de la obra, «The Country Jilt, called in Spanish, La Picara Justina, is not a translation, but rather an extract of all that is diverting and good in the original; […] all that unsavory part is omitted, and only so much rendered into English as may be diverting and instructing […]» (The Spanish Jilt…, h. 1).

A pesar de la apreciable repercusión de la obra durante el siglo XVII, que percibimos tanto en la influencia ejercida sobre otras manifestaciones narrativas como en la existencia de adaptaciones a distintas lenguas, La pícara Justina disfrutó de escasa atención durante los siglos posteriores. Como dato significativo, habrá que esperar prácticamente un siglo desde la última de las ediciones del siglo XVII, de 1640, hasta que el texto sea nuevamente impreso en 1735 por Juan de Zúñiga y en otra edición aparecida en Madrid al año siguiente. El mismo desinterés por el texto se aprecia durante el siglo XIX, en el que circuló de forma muy limitada (Puyol y Alonso, 1912: III, 33-35 y 337-339; Martino, 2010: 55-258). Será, por tanto, a partir del siglo XX, a raíz de los esfuerzos dedicados por los editores y estudiosos de la obra y, en muy gran medida, gracias al interés crítico suscitado por el género de la novela picaresca, cuando la obra comience a considerarse entre las aportaciones más valiosas, originales y complejas de la narrativa del Siglo de Oro.

Recepción crítica

A pesar de su éxito inicial, La pícara Justina fue prácticamente olvidada durante más de dos siglos, situación que dio un giro considerable gracias a la publicación de la monumental edición preparada por Julio Puyol y Alonso en 1912, que será el punto de partida fundamental para todos los editores y buena parte de los estudios posteriores. En los dos primeros volúmenes, este editor se encargó de transcribir rigurosamente uno de los ejemplares de la edición príncipe, además de abordar los problemas textuales y proponer una serie de enmiendas. La labor ecdótica se complementa con un tercer volumen con una finalidad interpretativa, que contiene un largo estudio introductorio, un glosario con un centenar y medio de páginas centradas en el plano léxico y fraseológico, un aparato de notas interpretativas y un apartado bibliográfico en el que se consignan las ediciones antiguas de la obra.

A esta magistral aportación se sumarán una veintena de ediciones desde mediados del siglo XX, entre las que destacaré, ya sea por su labor ecdótica o por los avances en el plano interpretativo, las contribuciones más relevantes. La primera de ellas, debida a Rey Hazas (1977), contiene una amplia anotación básicamente apoyada en los aportes de Puyol y Alonso, a los que se añaden aclaraciones de utilidad sobre pasajes de difícil interpretación. Del mismo modo, la edición de Damiani (1982), en la que se aprovechan los avances de los anteriores anotadores, dio también explicación a algunos pasajes oscuros, labor que fue abordada con la valiosa colaboración de Márquez Villanueva. Ya en el siglo XXI, se publican otras tres ediciones reseñables. La primera de ellas, a cargo de Navarro Durán (2007), si bien carece de un aparato de notas interpretativas, afronta los problemas de transcripción textual, que habían quedado en un segundo plano en las ediciones de Rey Hazas y Damiani. Por su parte, Torres (2011) aporta abundantes notas aclaratorias en las que se hace patente la existencia de numerosos pasajes del libro que aún se resisten a los abordajes interpretativos realizados a lo largo de más de un siglo de comentarios filológicos. La última de las ediciones, publicada por Mañero Lozano (2012a), llevó a cabo un análisis ecdótico de los estados textuales apreciables en la composición de la edición príncipe, para lo que se examinan los distintos ejemplares conservados. De este modo, el editor afronta los problemas específicos de la tradición impresa, a los que no se había atendido hasta la fecha. Por otro lado, se intenta dar explicación a una serie de lugares críticos igualmente desatendidos. En cualquier caso, como ha puesto de manifiesto Arellano(2015), quien aclara algunos pasajes aún no explicados satisfactoriamente por los editores de la obra, el prodigioso artificio literario de La pícara Justina continúa planteando inagotables desafíos interpretativos.

En cuanto a los estudios críticos sobre la obra, los anteriores apartados ya dieron noticia de las aportaciones más relevantes en relación con los problemas de autoría, la tradición textual y algunos aspectos de la recepción socio-literaria, como las influencias en otros autores y la difusión del texto en Italia, Alemania, Francia e Inglaterra.

Contamos además con acercamientos a otros aspectos, entre los que destacan los estudios sobre la condición femenina de la protagonista. Según la hipótesis de Rovatti (1989), la concesión del protagonismo a una pícara podría explicarse como una imitación del planteamiento literario del Lazarillo de Tormes. En su opinión, tanto Lázaro como Justina construyen su autobiografía con la finalidad de aparentar que han actuado con honradez. Ambos personajes se convierten en narradores para explicar cómo han llegado al matrimonio y, de forma también coincidente, engañan sobre el modo en que alcanzaron esta situación final, lo que en el caso de Justina implica el fingimiento de su castidad (Rovatti, 1989: 171). Otros autores, como Rey Hazas (1983), recalcaron la supuesta condición de prostituta de la protagonista, quien, según Hoogstraten (1986: 101-102), relata su vida como si se tratase de una santa virgen, de lo que deduce que la obra consiste en una parodia del género hagiográfico.

Otra de las cuestiones que han atraído atención crítica es el punto de vista implícito en la caracterización femenina de la protagonista. Buena parte de los estudiosos han destacado la presencia de elementos misóginos. Para Rey Hazas, por ejemplo, el antifeminismo tiene un amplio alcance que responde a «motivaciones estructurales y semánticas» (1983: 95). Del mismo modo, el texto es leído en clave misógina por otros críticos, como Cruz (1989), Soguero (1997), Sáinz González (1999) y Zafra (2015). En el extremo contrario, la obra es interpretada por Pedrosa (2017: 235) como «feminista en el sentido más ideológico y combatiente del término, incluso furiosa y violentamente antimachista y anti-patriarcal». Existen otras posturas a medio camino, como es el caso de Restrepo-Gautier (2003: 48), quien, sin cuestionar la adscripción de la obra a la tradición misógina, señala cómo el texto pone de manifiesto las privaciones sociales que el matrimonio imponía sobre las mujeres, de lo que, en su opinión, se desprende una crítica del patriarcado.

Esta clase de planteamientos ha ido consolidando enfoques aparentemente contradictorios por parte de la crítica. A este propósito, Rodríguez (1979-1980: 181) se refirió incluso a la «dualidad “feminista-misógina”» que a su juicio se refleja en la coexistencia de declaraciones misóginas y una «dirección feminista» derivada de la función protagónica de la pícara, «dispuesta a romper con las básicas restricciones […] que descansaban sobre su sexo» (1979-1980: 179). Un paso más en esta cadena de interpretaciones lo alcanza, en mi opinión, Larsen (1987-1988: 90), quien observa el contraste producido entre el discurso antifeminista de la narradora y su evidente superioridad respecto de los hombres, situación que nos insta a percibir un enfoque feminista indirecto, interpretable en clave irónica. Esta compleja articulación de planos, en la que no me es posible profundizar en estas páginas, ha sido objeto de reflexiones en trabajos como los de Friedman (1987), Davis (1995), Zecevic (1998), Castillo (2001), Ortiz de Jesús (2002) y Calzón García (2008).

Sin embargo, si analizamos la obra dentro de su contexto literario, en tanto que reacción paródica ante el modelo narrativo representado por el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, no me parece apropiado considerar que se adopte un enfoque propiamente feminista. En mi opinión, el objetivo de La pícara Justinaconsiste más bien en distorsionar o desvirtuar los elementos de la tradición misógina, en tanto que estos constituyen parte del discurso ascético puesto por Alemán en boca del pícaro-predicador. A este propósito, Mañero Lozano (2012a: 71-78) destacó el recurso a la figura tradicional de la «parlera» con la función de parodiar la inserción de digresiones característica del Guzmán de Alfarache de Alemán y, en última instancia, de la literatura ascética a la que se remonta tanto el empleo de esta técnica compositiva como la presencia de elementos procedentes de la tradición misógina.

En otro orden de cosas, debemos referirnos a los estudios dedicados a aspectos más específicos, como la interpretación de un determinado pasaje (Alonso, 1925; Allaigre y Cotrait, 1979; Márquez Villanueva, 1983 y 1999; Delpech, 1991; Cordero Cuevas, 2002; Trujillo Maza, 2008; Cuenca-Godbert, 2010), la configuración estilística (Damiani, 1977; Mañero Lozano, 2012b; Cuenca-Godbert, 2015), los elementos burlescos y paródicos (Oltra Tomás, 1983; Damiani, 1990a; Roncero López, 1996 y 2019; Pérez Venzalá, 1999; Bartolomé Mateos, 2000; Martínez García, 1996; Rey Hazas, 1984; Torres, 2002; Ehrlicher, 2018), la construcción de la obra como roman à clef (Bataillon, 1969; Oltra Tomás, 1985), la estructura narrativa (Calzón García, 2002), los poemas intercalados (Rohland de Langbehn, 2006; GalbarroGarcía, 2008), las fuentes o conexiones con otras obras literarias (Damiani, 1981, 1990b; Bermúdez, 2001; Torres, 2005; Fuente Fernández, 2006; Navarro Durán, 2009; Rodríguez, 2016; Gernert, 2016), los emblemas (Jones, 1974; Oltra Tomás, 1999; Torres, 2000; Rey Hazas, 2001; Cull, 2014), el léxico (Barajas Salas, 1988; Tabernero Sala, 2012; Prieto García-Seco, 2017 y 2018, entre otros), los refranes (Gella Iturriaga, 1979; Torres, 1997) y los cultismos (Delgado Cobos, 1992), entre otras cuestiones.

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Responsable: David Mañero Lozano.
David Mañero Lozano es doctor por la Universidad Autónoma de Madrid y profesor Titular del área de Literatura Española en la Universidad de Jaén. Sus principales líneas de investigación se relacionan con la literatura española del Siglo de Oro, la edición de textos y la tradición oral.

Revisión: Grupo de investigación LETRA.

Cómo citar y DOI del artículo: 
Mañero Lozano, David, «La pícara Justina», Diccionario de autores literarios de Castilla y León (en línea), dir. y ed. María Luzdivina Cuesta Torre, coord. Grupo de investigación LETRA, León, Universidad de León, 2020. [En línea] < http://letra.unileon.es/ > [fecha de consulta]. DOI: https://doi.org/10.18002/dalcyl/v0i20

Editado en León por © Grupo de investigación LETRA, Universidad de León. ISSN 2695-3846.

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